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En la novela más famosa de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Grey, cuando el joven, ingenuo y bello protagonista comete su primer acto de desprecio, rechazando a una amante de la que ya se había aburrido, observa cómo al instalarse en su alma la podredumbre asociada a dicho gesto, esta no se refleja en su rostro, sino en el del retrato al óleo que un amigo le pinta al comienzo del libro.

¿Cuál fue el primer pecado de Juan Luis Cebrián que no se vio reflejado en su imagen pública? ¿Cómo fue la primera decisión que lo ayudó a trepar, sin que ello afectase a la credibilidad del periódico que dirigía o el grupo mediático que acabó presidiendo? ¿Cómo llegó a cobrar más que algunos jugadores del Real Madrid a pesar de dirigir un conglomerado en decadencia?

Probablemente nunca lo sabremos. Pero sí sabemos el aspecto que la acumulación de pequeños y grandes pecados han dado al retrato al óleo, la pintura en la que se iban acumulando todas las maldiciones que el modelo, por arte diabólica, conseguía evitar.

Uno de los retratos más recientes realizados al pope del periodismo patrio fue, presuntamente, censurado. La edición en papel asociada a El País de la revista Jot Down no llegó a publicar –o sí... o no... o a saber– una portada con Cebrián sujetando el casco de Darth Vader mientras miraba por la cristalera de un rascacielos al más puro estilo de villano de telefilm de los años 80. Quizás en ese casco y la desvergüenza de la autoparodia residan todos los pecados del elegido de la Fuerza que iba a liberarnos y acabó siendo la mano derecha más fiel del Imperio.

Hasta para marcharse, sustituido en principio por un banquero que luego ha reculado, está consiguiendo dejar una imagen de conspirador y miembro de una élite cerrada mientras mina su prestigio de periodista o académica de la Lengua.

Cebrián es la encarnación del Régimen del 78 reflejado en el Periodismo tanto como Felipe González lo ha sido en la política. Ambos encarnan la promesa incumplida de un nuevo país, moderno, europeo, libre de la oligarquía y la corrupción del Franquismo, en el que la juventud que votó la Constitución podría criar a una nueva generación de españoles más libres y con más posibilidades de las que ellos nunca tuvieron.

Si la imagen de Felipe González, tripa de libro Guinnes al aire, sentado en el borde de la eslora de un yate, simboliza las puertas giratorias y todas las decepciones de la clase media con su clase política, las fotos de Cebrián con Carlos Slim o sus visitas al Grupo Bilderberg no son otra cosa que los errores de unos periodistas a los que pudo el ego, que creyeron que parte de su influencia debía nacer en los cafés y las reuniones en off, y no en los editoriales, que pasaron a escribir desde arriba hacia abajo y no al contrario.

El País y Diario16/El Mundo fueron las dos caras de un modelo periodístico que ya se ha extinguido y solo se mantiene vivo con la respiración asistida de las ayudas políticas y los intereses empresariales espurios. Esos periódicos de la Transición fueron fagocitados por los años del pelotazo como lo fue Cebrián: de director de un diario a presidente de un conglomerado de radios, televisiones, multiplataforma y derechos del fútbol que con preclara habilidad don José María García bautizó como ‘El Imperio del Monopolio’.

Prisa y PSOE, PSOE y Prisa han sufrido en los años de la crisis y posteriores al 15M las consecuencias de la pérdida de credibilidad por traicionar un modelo que quizás parte de ellos nunca apoyó. Con editoriales convertidos en hazmerreír y muchos de sus mejores colaboradores expulsados, El País ha pasado de ser el diario progresista de la mañana al periódico global en castellano, y mientras tanto los periódicos nativos digitales lo rebasan en innovación por la izquierda y por la derecha. Hace demasiado que dejó de ser el papel doblado en tercios con el que nuestros padres llegaban junto a la bolsa de la compra.

La quiebra del régimen del 78 no es la del PP ni la del ABC, porque ellos se han mantenido donde siempre estuvieron. Es la de El País y el PSOE, porque eran los que vertebraban con un mensaje de modernidad y esperanza en un futuro mejor esta España presuntamente cainita pero mucho más progresista de lo que ella misma cree. El fracaso de Cebrián como gestor de una multinacional y su salida por la puerta de atrás lo simbolizan casi tan bién como la derrota de Susana Díaz en las primarias socialistas, con toda la bancada de las viejas glorias haciéndole la ola.

La imagen que devuelve su retrato.

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