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“Hernández se aupó a la presidencia con un lema claro y, en cuestión de semanas, había militarizado desde las aduanas hasta la distribución de alimentos en los hospitales: haré lo que tenga hacer para recuperar la paz y seguridad en el país, dijo cientos de veces durante la campaña electoral. Una compañera que cubría aquellas elecciones para El País le preguntó al actual presidente de Honduras qué significa haré lo que tengo hacer. El presidente sonrió y dijo Todo hondureño sabe lo que eso significa. Ojalá, después de estas páginas, el lector también”.

Así presentaba Alberto Arce a Juan Orlando Hernández, subteniente del ejército en la reserva y presidente de Honduras desde 2013. Un casi total desconocido para el ciudadano europeo salvo en los últimos días, en los que su rostro se cuela de vez en cuando en algún informativo de televisión o página impar de los periódicos. El motivo: su nueva victoria en las elecciones del 26 de noviembre (con un 42,95% de los votos frente al 41,42% de su principal adversario, Salvador Nasralla), ha sido denunciada como fraudulenta por la oposición y una parte de la sociedad hondureña. En respuesta a las protestas, el ejército ha cerrado filas en torno a Hernández y ha declarado el toque de queda en el país. Ha habido muertos. En Honduras.

¿Y qué?

Entre 2012 y 2014, el periodista asturiano nombrado un poco más arriba decidió quedarse en Honduras (fue el único corresponsal extranjero permanente en el país durante ese tiempo) para tratar de responder a ese Y qué. Lo hizo pisando una ristra interminable de cadáveres (el país centroamericano ocupa los primeros puestos en índices de muertes violentas, superando a naciones en guerra como Irak), al final de la cuál había una pregunta y una anotación en su cuaderno. Su trabajo durante aquel tiempo le valió varios premios internacionales y en algún mentidero se llegó a mencionar su nombre como candidato al Pulitzer.

En 2015, Arce publicó con Libros del KO su Novato en Nota Roja, el broche ¿final? a su etapa hondureña y corolario de aquellas experiencias. Un libro de sucesos que desnuda un país entero porque busca las causas.

En la Honduras de Arce hay escuadrones de la muerte formados por militares encargados de hacer limpieza social en los barrios pobres; taxistas que son asesinados por negarse a pagar a sus extorsionadores; hay jóvenes delincuentes a los que tortura la policía mientras los medios de comunicación aplauden.

Hay también (cómo no) políticos corruptos que prometen ataúdes gratuitos durante la campaña electoral; hay pandilleros que matan y mueren mientras pasan la droga de los grandes narcos y fiscales que no tienen coche para hacer su trabajo. Hay mucho miedo a salir a la calle y a quedarse en casa y recibir una nota por debajo de la puerta avisándote de que te van a volar la cabeza de un tiro si no pagas.

Lo que no hay en la Honduras de Arce, que antes de Tegucigalpa ya se manchó las botas de corresponsal en Gaza o Misrata, es periodistas.

“Honduras es, según la Relatoría para la Libertad de Expresión de las Naciones Unidas y Reporteros Sin Fronteras, el país que tiene el mayor índice per cápita de periodistas asesinados: solo entre 2010 y finales de 2013 fueron 31. Durante dos años, desde el PEN Club hasta el Center For the Protection of Journalist de Estados Unidos, y por supuesto Naciones Unidas y Reporteros sin Fronteras, se acercaron a mí, el único corresponsal extranjero fijo en el país, para pedirme consejo. Nadie se cuestionó nunca lo que yo me cuestiono. No me consta que salieran a preguntarlo y, si lo hicieron, no mereció ni una línea en ningún informe. El periodismo marca barreras de entrada a quienes quieren preguntar sobre su propio ejercicio. Se aplica sí mismo doble rasero. Nadie vigila -nadie quiere vigilar- al periodista”.

Entre esa treintena de muertos que Arce investigó había algunos apuñalados por sus vecinos en un ajustes de cuentas, presentadores de programas de variedades escoltados, portavoces de la policía y de los sindicatos, comentaristas deportivos y hasta un locutor evangélico. “Personas que, pese a engrosar la lista del país con más comunicadores per cápita asesinados en el mundo, difícilmente hacían periodismo de investigación y de denuncia”.

El retrato del reportero sobre sus compañeros hondureños es despiadado, hasta el punto en que el rosario de malas prácticas que describe incluye el asesinato o la extorsión a los políticos para hablar bien de ellos. Y se nota que le jode. Le jode todo lo que cuenta.

Porque un libro como Novato en Nota Roja no se puede escribir sin rabia ni frustración, presentes en cada frase desde el uso de un Yo honesto y vacío de artificios. El periodista habla de sí mismo, pero es consciente de que él no importa un carajo si no es como vehículo que atraviesa un país con muy poca solución. Casi al final tiene el detalle de dedicarle algunas páginas a los que sueñan con un futuro mejor, un atisbo de redención necesario aun en los relatos más oscuros.

Posiblemente Novato en Nota Roja no ayude a entender al lector todos los factores que hilvanan la sociedad hondureña o explican por qué los periódicos y los telediarios españoles hablan ahora de este paisito de menos de 9 millones de habitantes. Lo que posiblemente sí explique es que, pase lo que pase, las cosas van a seguir igual.

Y, como decía Hernández, todo hondureño sabe lo que eso significa.

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