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En octubre de 2017, Ernesto y otros dos colegas se fueron a Barcelona desde el Sur de España para estrenar su nueva vida de periodistas freelance. Los gritos de independencia, la represión policial y, en definitiva, el ambiente enrarecido (y por tanto, noticioso) del momento les brindaba una buena oportunidad de investigar y vender algún reportaje con un enfoque atractivo.

“Echamos diez días investigando. Diez días trabajando muchas horas, hablando con mucha gente, buscando y ganándonos a las fuentes, gastando gasolina y comida (alojamiento no, porque por suerte conseguimos que nos saliera gratis). Diez días...y nos pagaron 60 euros en total por aquello. Encima éramos tres”.

Hay una risa sorda en esa declaración, que Ernesto (cuyo verdadero nombre prefiere que no trascienda) hace por teléfono cuando lo llamo para preguntarle qué tal eso de ser freelance en España. “Mi conclusión es que no se puede vivir de esto a menos que seas rico, que tengas un nombre o, bueno, que engañes al medio. Y es que poco después de aquello el mismo periódico nos pagó los mismos 60 euros por una noticia fusilada [en jerga periodística, copiar tal cuál] de una nota de prensa de una universidad. Nos pagaron lo mismo por una cosa y por otra”.

Por cierto que el periódico, el pagador de esos 60 euros a dividir entre diez días de trabajo de tres personas (o de esos 60 euros por veinte minutos de Ctrl+V sin contrastar fuentes y copiando una nota de prensa), tardó cuatro meses en abonar todo lo que les adeudaba a Ernesto y sus colegas por un malentendido en la gestión de las facturas. Cosas que pasan.

Un artículo llorica

"Soy fotoperiodista y en 2015 me fui con un compañero redactor a hacer un reportaje sobre refugiados en la frontera de Hungría y Serbia. Se lo vendimos a la revista Contexto y Acción (Ctxt.es) por 35 euros. A repartir entre los dos salía a 17,5 euros cada uno. Tardaron nueve meses en pagarlos".

"En 2012 contacté con Periodismo Humano, de Javier Bauluz. Yo era un corresponsal de provincias de un medio nacional al que no dejaban publicar un tema de corrupción urbanística que dejaba mal al PP. Hablé con Bauluz, que me dijo que lo publicaba encantado pero que no me podían pagar. Me ofrecí a regalarle el tema y lo aceptó, porque yo quería denunciar aquello. A la semana supe que a algunos colaboradores de cierto nombre sí se les pagaba, así que no lo envié".

"Me dieron un premio por un reportaje publicado en la revista donde trabajo, pero me tuve que pagar yo el hotel y el AVE de Barcelona a Madrid, porque ni mi empresa ni la organización del premio se hacían cargo de esos gastos. Me salió un premio muy caro".

"Trabajé como colaboradora de la Agencia EFE desde Camboya, y la situación era sangrante. Sus tarifas son muy bajas y es raro que los corresponsales tengan contratos que no sean locales. Eso en países en desarrollo se traduce en prácticamente no tener derechos laborales".

Me he pasado tres días hablando con decenas de periodistas sobre sus experiencias como colaboradores con periódicos de España (una España sin rojos ni azules). La razón para hacerlo me la dio un informe publicado por el sindicato CNT el pasado 6 de junio sobre la situación precaria de estos profesionales, en el que se dan a conocer las tarifas que cada medio de comunicación nacional abona por los artículos que les compra. Hace un año difundieron un trabajo similar sobre las condiciones del freelance en el extranjero. "Aquello generó bastante debate, aunque faltaba la otra visión, la de ámbito nacional”, explica el delegado de prensa de la sección de Artes Gráficas, Comunicación y Espectáculos del sindicato, Miguel Ángel Fernández.

Tras la publicación de aquel estudio algunos medios protestaron porque el sindicato dio a conocer sus tarifas únicamente de acuerdo a testimonios de profesionales que prefirieron permanecer anónimos, en lugar de preguntándole directamente a las empresas. “En esta ocasión hicimos el ofrecimiento a todos los medios. Y sin embargo han respondido muy poquitos (7 de los 42 que aparecen en el informe), lo que demuestra que les interesa la opacidad con estos temas”.

A los exiguos pagos (que oscilan entre los cinco euros que abona la Agencia EFE por noticia y los 150 que ofrece Píkara Magazine por reportaje con fotos o vídeo o los 300 de La Sexta por vídeo) señalados en el informe le acompaña la descripción de un rosario de abusos y maltratos de las empresas a sus colaboradores:

Falta de compromiso con el autónomo; no se responden a correos electrónicos que mandan o se hace tarde y exigiéndole inmediatez al periodista; se rechaza el artículo y más tarde aparece en el mismo medio publicado por un trabajador de la casa; se hacen cambios en el texto sin permiso del autor; se toman represalias ante colaboradores díscolos con los que se deja de colaborar; demoras en los pagos de las facturas; pagar a precio de web lo que también se acaba publicando en papel; desprecio al fotógrafo; machismo; discriminación...

Hay que añadir alguno más. En una entrevista publicada en INFAMIA hace unos meses, el periodista Youseff Ouled comentaba que, tras desplazarse a Marruecos para cubrir las protestas del Riff y tratar de venderle ese tema a los medios españoles, estos le dieron dos tipos de respuestas. “Me decían o que publicaban mi tema y me lo firmaban pero no me pagaban... o que no me compraban el reportaje pero sí me querían entrevistar sobre el tema. Es decir, que obtenían la misma información pero gratis”. Se trataba de medios grandes, explicaba, “con presupuesto”. “Eso me dolió porque me anulaba como periodista: soy otro profesional, no una fuente”, lamentaba entonces.

Cuando propuse a mis socios de Infamia escribir este artículo por el primer aniversario de la revista les pareció una buena idea. “Aunque no hagas un texto muy llorica”, me dijeron. “Hay que dejar claro que esto no va solo sobre precariedad. Esto va también sobre otra cosa”.

Ahí va la otra cosa.

Mi precariedad es tu desinformación

Nazaret Castro es una periodista freelance asentada en Argentina desde hace diez años y co-fundadora del proyecto Carro de Combate y Revista Amazonas. Durante su labor como colaboradora externa de varios medios españoles, asegura que el que peor le pagó fue ElMundo.es.

“Pagaba en aquel momento (2012-2013) 35 euros brutos. Después de impuestos se quedaba un artículo en 28 euros. 28 euros -repite-, El Mundo (risas)”. ¿Y qué consecuencias tiene esto para el trabajo de un periodista? “Pues recuerdo que una vez me pidieron un reportaje que requería una investigación sobre el terreno en una villa [nombre de los barrios chabolistas en Argentina] en las afueras de Buenos Aires; y lo cierto es que con 28 euros ni me cubría los gastos de transporte y de llamadas que tuviera que hacer. Ahí es donde está lo grave: es muy importante ver cómo nos afecta esa precariedad, no ya como profesionales sino también como lectores. Porque si a una profesional le van a pagar 28 euros por escribir un artículo, esa periodista va a tener que escribirlo en dos o tres horas, si quiere pagar un alquiler. Además, como mucho puede hacer alguna llamada telefónica. No te puedes ni transportar. ¿Qué estipendio tiene que salir de tu bolsillo para financiar un buen reportaje? Claramente, por 28 euros no puedes hacer uno bueno”.

A Daniel Yebra, que durante casi dos años un periódico local (El Diario de Alcalá) lo tenía como falso autónomo pagándole 100 euros al mes por trabajar todos los fines de semana cubriendo eventos deportivos, asegura que la precariedad afecta a la credibilidad de la información. “Tener a la gente precarizada es una manera directa de manipulación. Si a un periodista le tienes mal pagado, de colaborador o con contratos temporales (y algunos como falsos autónomos), no va a dar su cien por cien y va a tener miedo. No va a hacer un periodismo libre y objetivo como le gustaría hacer”.

En términos similares habla Cristina Sáez, periodista especializada en Ciencia que en los últimos quince años ha visto cómo se ha precarizado el trabajo del colaborador. “Ahora no me puedo dedicar a hacer entrevistas, hablar por teléfono... no te digo ya desplazarme a sitios. Antes, si comía con una fuente o tomábamos un café, ¡qué menos que invitarle! Ahora no puedo hacerlo: si me pagan lo que pagan, y encima lo invito, trabajo gratis. Antes me curraba mucho todas las noticias. Ahora es que no puedo”. 

Periodismo altruista y Periodismo Maratón

Y, sin embargo, a veces las cosas salen bien. A pesar de todo.

Las razones de que sea así las resume Sáez: “Hay temas que por responsabilidad periodística tienen que estar bien. Así que al final, aunque no esté bien pagado, te lo curras. A lo mejor tienes que hacer 50 notas de prensa por mucho que las odies, y luego dedicarte, casi de manera altruista, a hacer cosas solo porque te gustan y eres profesional”.

De entre los más de veinte periodistas que, de manera anónima o no, deciden hablar conmigo, Sáez no es la única que alude a esta “responsabilidad profesional”. María Ángeles Fernández y Jairo Marcos, integrantes en el proyecto informativo de Desplazados.org, afirman que, a pesar de la precariedad y de lo mal que les paguen, sus textos nunca sufren ningún perjuicio: “Somos un poco tontos pero algo que va con nuestra firma queremos que esté lo mejor posible”.

Otra periodista, que prefiere mantenerse en el anonimato, asegura que para ella es importante cuidar sus informaciones para poder “hacerse un nombre” aunque las tarifas no sean las “ideales”, por lo que es conveniente trabajar de algo “que pague el fijo” para poder dedicar tiempo a colaboraciones peor remuneradas. “Habría que exigir un poco más de presupuesto, pero cuando tienes ya un nombrecito no hace tanta falta. Esto es como una maratón y hay que ir poco a poco. Yo trabajaba antes en un sector que me daba mucho más dinero y sabía dónde me metía cuando me hice periodista: y si no te mola, esto es lo que hay”, sentencia.

La estafa del freelance

“Esto de freelance, esto de poner el free por delante como si fuéramos muy libres es bastante engañoso. Lo que estamos es precarizadas. Nunca tuve la opción de trabajar como corresponsal ni periodista en el extranjero de otra forma”. La afirmación es de Nazaret Castro, que me la hace llegar a través de un audio de WhatsApp desde el subte porteño. El trayecto le da para otra reflexión que debía estar incluida en este compendio de desgracias free. “Esta precariedad no es obviamente una cuestión exclusiva del periodismo, pero aquí sucede algo bastante peculiar: a pesar de ser una profesión muy mal pagada tiene un cierto prestigio social, con lo que la gente que no se dedica a este campo no sabe hasta qué punto estamos precarizados. Y eso nos juega en contra porque, así como los editores a veces nos piden mucho para lo poco que nos dan, también los lectores muchas veces nos exigen demasiado para los escasos recursos y el tiempo con el que contamos”.

Otro audio: “Está bien que los lectores sean muy críticos con los periodistas y los medios de comunicación, pero a veces se les olvida que algunas demandas las tendrían que dirigir hacia los empresarios y no siempre hacia el que firma la noticia”. Llega a su estación.

Algunos datos oscuros sobre el presente y el futuro

En diciembre de 2017 la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) presentó su Informe Anual de la Profesión Periodística, elaborado por el periodista Luis Pastor y basado en encuestas a casi dos mil profesionales, asociados o sindicados en España, sobre su situación laboral. Y esta es, por lo general, bastante negra.

Por una parte, concluye que muchos de los periodistas que fueron despedidos en los últimos años como consecuencia de la situación económica han ingresado en el régimen de autónomos, en el que el año pasado figuraba más de la cuarta parte del total de profesionales que ejercen (aunque el porcentaje total está distorsionado porque muchos de los autónomos reales no están asociados ni sindicados y, por tanto, no han sido consultados para la encuesta).

Del total de freelances, aproximadamente la quinta parte de los encuestados afirmaron ser “falsos autónomos” y el 90% que su seguridad jurídica estaba en peligro; Casi el 70 por ciento, que el futuro de los periodistas en su totalidad pasa por hacerse freelance.

Pregunta de barra de bar, casi inevitable: ¿Y qué dicen los sindicatos de todo esto?

Durante el IV Congreso de la Federación de Sindicatos de Periodistas (FeSP), celebrado el pasado mayo, se reclamó que se incluya en el Régimen General de la Seguridad Social al “amplio colectivo de freelances, periodistas a la pieza y colaboradores/as”, así como que su trabajo sea regulado en los convenios colectivos y en un acuerdo marco, a negociar entre patronal y sindicatos, que establezca remuneraciones mínimas al mismo nivel que las del personal de plantilla. Una sólida declaración de intenciones que, de momento, no parece tener repercusión en la agenda política.

Por otra parte, existe en lo general una baja sindicación de periodistas freelance y poca disposición a denunciar la precariedad a la que se enfrentan. Según Miguel Fernández, el delegado de Prensa de CNT que aparecía al principio de este reportaje, a pesar del aumento de profesionales en esta situación en los últimos años, “no se ha perdido para nada el miedo y hay un cooperativismo salvaje dentro del periodismo. Es complicado”.

Este sí

Cuando Nazaret Castro y Laura Villadiego, integrantes de Carro de Combate, financiaron mediante crowdfunding una investigación en profundidad sobre el aceite de palma que les costó alrededor de 8.000 euros (entre viajes a varios países y dietas), el editor del medio que les compró el reportaje resultante de ese esfuerzo financiero les pidió que el contenido del mismo fuera en exclusiva. Estaba pagando 80 euros por ese artículo, una cantidad muy alejada de los 8000 euros que lo hicieron posible.

Yo, para hacer este reportaje, he invertido 19 horas (cronometradas) para poder hablar con 21 profesionales, buscar información y escribir-borrar-recortar-reescribir todo lo que acabas de leer; además, mi contrato de móvil no tiene tarifa plana e imagino que habré gastado, siendo optimista con la benevolencia de las compañías telefónicas españolas, alrededor de siete euros. Pongamos que ocho.

Pero no me importa, lectores furibundos y editores exigentes. Este reportaje es vuestro y podéis usarlo como queráis. Os cedo mi permiso para publicarlo en vuestros estados de Facebook o en las páginas de vuestros diarios, digitales o de papel. Agradecería que dejarais mi firma (Guardia, o Antonio J. Guardia, de INFAMIA.es) y que no me jodáis demasiado el texto para ajustarlo a vuestras preferencias. Aun así, si no me dais ese gusto, tampoco me importa.

Porque este reportaje sí. Este os lo regalo.

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