Entrevista a Guillem Ruisánchez, de El Faradio.

Santander ardió en 1941. Mientras que en media Europa las ciudades eran destruidas por bombardeos, en la capital cántabra un terrible temporal (unido a la poca calidad de los materiales de construcción en los edificios) provocaron el mayor incendio de su historia. Y, mientras en media Europa las urbes se fueron reconstruyendo tiempo después respetando el modelo anterior y los cascos viejos, el franquismo se ocupó de rehacer Santander a imagen y semejanza de su espíritu. Es decir, el poder civil, eclesiástico y militar estarían en el centro; en torno al mismo, viviendas y comercios se irían distribuyendo gradualmente conforme al escalafón social y económico.

Los ricos estarían cerca. Los pobres, lejos.

Se trató de uno de los primeros casos españoles de gentrificación, ese palabro raro que viene del inglés y que define la transformación de un espacio urbano deteriorado en otro mucho más bonito (y mucho más caro). Un fenómeno que arrastra hasta día de hoy y en buena medida a la sociedad santanderina, cuyas clases populares han soportado durante décadas, y casi en silencio, el agravio de una política urbanística que no contaba con ellas. Casi en silencio...

Guillem Ruisánchez (izq.) y Óscar Allende (Drch.).
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Se llaman Óscar Allende y Guillem Ruisánchez. Los conocimos hace unos meses en Madrid durante una conferencia que impartieron sobre gentrificación y lucha vecinal, aunque para esta entrevista recurrimos al método epistolar (a.k.a. email). Mucho antes de aquella charla habían cubierto durante años la actualidad cántabra para varios medios de comunicación tradicionales, hasta que en 2012 se salieron del circuito y montaron su propia película (tiempo después se les uniría la también periodista Eva Mora). A ese salto hacia la incertidumbre lo llamaron El Faradio, en parte por Abracadabra, una canción de Alaska en la Bola de Cristal (“un programa que fue innovador, crítico y transgresor en los 80”, apunta Ruisánchez a INFAMIA); pero sobre todo porque encontraron un paralelismo entre Cantabria y los faradios, que en electrotecnia miden la carga capaz de almacenar un condensador cuando se le aplica una tensión. “Veíamos esa energía desbordarse de los canales tradicionales a través de los movimientos sociales, los creadores culturales y la iniciativa de la economía real”, explica, “y nosotros queríamos darle visibilidad y buscar nuevos referentes políticos, económicos y sociales”.

Y lo han hecho. A pesar de tratarse de un medio independiente, con recursos bastante limitados y financiado en buena medida por sus socios, el Faradio y su hermana radiofónica Buenas Tardes Cantabria han ido poco a poco imponiendo una nueva agenda informativa en la comunidad cántabra.

Así, en una tierra “que vivía en la calma de su Bahía y en la que el conflicto siempre se ha tapado porque resulta violento, sobre todo para los beneficiarios del silencio”, de repente empezaron a sacar titulares sobre la Plataforma Antideshaucios (PAH), los afectados por las preferentes o los movimientos contra el fracking. Y al final los medios tradicionales “terminaron hablando de desahucios, igual que empiezan a tratar temas económicos como las bajas temerarias o las relaciones laborales que quedan tras la crisis”.

“Urbanismo es Terrorismo”

Hace pocos días se derrumbó un edificio cerca del centro de Santander. Los vecinos llevaban tiempo denunciando la aparición de grietas en las paredes, tras el inicio de unas obras en el local de abajo que al parecer carecía de la licencia necesaria para acometerlas. El episodio, que se saldó sin víctimas mortales tras un desalojo que llegó justo a tiempo, es uno más, casi anecdótico, en la lista de agravios urbanísticos que ha sufrido la ciudad en los últimos años.

El ministro de fomento y anterior alcalde Íñigo de la Serna le muestra al presidente del Gobierno la lista de personas desahuciadas por el nuevo PGOU de Santander. No, es broma.
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Unos ataques que, sin embargo, han provocado el despertar de la lucha vecinal en algunos barrios, especialmente los que más sufrieron el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) que trató de impulsar el actual ministro de Fomento Íñigo de la Serna cuando aun era alcalde de la ciudad (y que finalmente acabó tumbando el Tribunal Supremo en noviembre de 2016 por encontrar “injustificada” su necesidad de alcanzar una “inmensa superficie” nueva edificable y por entender que no estaba garantizado el abastecimiento de agua).

Estos movimientos de protesta cobraron especial fuerza tras la muerte, en febrero de 2015, de Amparo Pérez, quien con 86 años le echó un pulso al Ayuntamiento tras recibir la notificación de expropiación de su vivienda para construir un vial. Activistas y familiares de la anciana siempre han sostenido que aquella muerte se debió a las presiones recibidas por el Consistorio y que provocaron el deterioro de su salud.

Así las cosas, Allende y Ruisánchez iban un día caminando por la capital cántabra y encontraron una pintada con el lema Urbanismo es terrorismo. Por entonces acababan de ganar el I Premio de Periodismo de Investigación de la editorial Libros.com, y aunque ya llevaban tiempo sacando titulares incómodos para los gestores de la política urbanística en la ciudad, la gente solía decirles que se trataba de temas “aburridos” o poco interesantes. “Urbanismo es terrorismo, una pintada en un barrio de Santander: ¡Mira si interesa!”, exclama Ruisánchez. Desde entonces, han hecho de esta cuestión y de la lucha contra la gentrificación en la ciudad uno de los principales caballos de batalla de El Faradio.

“La gentrificación es un tema global, pero Santander es una de las cunas del fenómeno, uno de los mayores exponentes del Siglo XX”, explica el periodista, y añade que tras la reconstrucción de la ciudad a causa del incendio de 1941 fueron expulsados a la periferia cerca de 10.000 vecinos y comerciantes. “Nuestra tesis es que no ha habido una transición democrática completa. Que desde el 78 votamos representantes en el Ayuntamiento pero que esta es la única capital de provincia que no ha cambiado de color político. Y que se sigue haciendo ciudad para beneficio de unos pocos y en contra de los vecinos”.

Ruisánchez aprovecha para insertar su cuña publicitaria: está preparando, junto con Allende y Mora, el libro “Expulsados. La transición urbanística pendiente”, que verá la luz en diciembre y que supone una “exhaustiva” investigación del poder y la corrupción en torno al urbanismo; Además de una guía para comprender esa “transición urbanística pendiente”, tanto en Santander como en otras ciudades españolas.

De Santander a Botinburgo...

Le preguntamos también por el Centro Botín, recién inaugurado en la capital y saludado por políticos y algunos medios de comunicación como “el nuevo Guggenheim” que lanzará Santander al panorama cultural europeo. ¿Qué hay de verdad en eso? ¿Proyectará realmente Cantabria como potencia económica y cultural o es cosa de la publicidad que paga el Banco Santander en la prensa?

Tenemos un discurso crítico y a la vez constructivo con el Centro Botín: Pensamos que es una oportunidad para la ciudad pero que necesita conectar emocionalmente con ella, y especialmente con sus agentes culturales”, nos responde.

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El museo, un centro de arte diseñado por el arquitecto y premio Pritzker Renzo Piano y que ocupa un espacio de cerca de 9.000 metros cuadrados, fue inaugurado en junio pasado después de más de 2 años de retraso y varias denuncias de plataformas ecologistas. Sobre esto también se pronuncia el periodista: “Los críticos con el proyecto lo mejoraron. No fue posible una localización en una zona degradada, que sirviera de impulso a la regeneración; Pero la maqueta de Renzo Piano mejoró y mucho gracias a las aportaciones de los críticos”.

“Eso en lo urbanístico. En lo cultural pensamos que hay cierta obsesión de las instituciones por las marcas, tanto por el Centro Botín como por un proyecto de sede asociada del Reina Sofía. Los políticos se centran en el continente y no en el contenido”, se lamenta. “Quieren una ‘milla de la cultura’, cuando la cultura crece de forma espontánea donde los agentes culturales programan. Tenemos un símbolo, pero ¿De qué? ¿De ese cambio de modelo económico hacia la cultura y el turismo? ¿O del poder de una familia de banqueros?”. Precisamente ese es el “escepticismo” que asegura captar El Faradio entre “los agentes culturales y la gente con espíritu crítico”.

A propósito de los Botín, queremos que nos cuente cuánto hay de idilio y cuánto de desengaño entre esta familia y la ciudad que le da nombre a uno de los principales bancos del mundo. “El Santander deja mucho dinero en impuestos porque tiene la sede en Cantabria”, nos dice. Añade, sin embargo, que “no por ello se debería poner alfombra roja al banco”. “En estos años nos hemos encontrado con deslocalizaciones de empresas participadas por el banco en Cantabria”, pero es que “son uno de las principales entidades financieras de un mundo globalizado, están a otro nivel”.

Para ejemplificar esa predisposición de los poderes públicos a favorecer los intereses de esta familia, vuelve al Centro Botín: “Es un mantra que el Centro Botín nos ha salido gratis: ¿Alguien ha calculado el valor del mejor solar de la ciudad de Santander? Se lo hemos entregado, y otros costes añadidos que se pagan con impuestos de los vecinos. Si la familia Botín lo sabe entender tiene una gran oportunidad".

"El santanderino está muy orgulloso de su ciudad, y no quiere que esto cambie de Santander a Botinburgo”, sentencia el periodista... y bromeamos nosotros: El Faradio no tiene publicidad del Santander, ¿verdad?.

No, no la tiene. Pero “porque ellos no deben querer”, ya que el periódico no tiene “líneas rojas a los ingresos”, nos asegura. “Tampoco la ocultamos, como hacen otros medios que lo están haciendo bien, porque en medios de comunicación no es verdad que ojos que no ven corazón que no siente". Quizás se piensa un poco antes de concluir: "El anunciante tiene que empezar a creer y respetar la independencia de los medios”.

Nos parece una buena frase para terminar esta entrevista.

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