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El Ikea que se va a abrir cerca del barrio creará 700 nuevos puestos de trabajo. Es una gran noticia que celebran en blanco y negro el alcalde y el delegado de la multinacional sueca en la foto de portada de la sección local del periódico, de apenas dos páginas y media. Lo que no dice el alcalde (ni el periódico), es que en España cada vez que una gran superficie comercial abre sus puertas se destruye una media de 276 empleos en la zona. Tampoco cuenta, en ningún renglón de esas tres columnas, que su instalación conllevará el cierre de buena parte de los pequeños comercios que hay en un radio de 12 kilómetros (desde 2008 ya han desaparecido en España más de 4000). Como nadie, o casi nadie, hablará de ninguna de estas cosas, el lector pasará la página satisfecho de que la economía siga mejorando.

Quedamos con Nazaret Castro para hablar de periodismo, grandes marcas e hipermercados en uno de los mayores epicentros nacionales de este tipo de superficies: la Gran Vía de Madrid. En realidad muy cerca, en una callecita a espaldas de la FNAC y el edificio de El Corte Inglés (cuya azotea figura en algunas guías turísticas de la ciudad), abrigada de los centenares de personas con bolsas de ropa comprada en el Primark de cinco plantas que de vez en cuando sigue acumulando colas para entrar desde que se inauguró a finales de 2015. Nos encontramos en una cafetería ecológica y de comercio justo y que parece una pequeña trinchera en el frente de guerra marca Bershka de la zona. O quizás solo sea el punto rebelde y transgresor que lo adorna, como el estudiado roto de los vaqueros de Inditex a la altura de la rodilla.

nazaret perfil“Bueno, ser cien por cien coherente viviendo en la ciudad es imposible. Vivo en Buenos Aires y lo sé”, nos dice frente a su taza de té. “El verdadero potencial del consumo político está más en el cambio de conciencia que en el impacto individual: es aprender cómo funcionan las cosas, pasar del individualismo a la interdependencia”. Nazaret lleva años investigando ese “cómo funcionan las cosas” y tratando de explicarlo. En 2012 creó, junto a la también periodista Laura Villadiego (y al que más tarde se sumaron María Rubiños y Aurora Moreno), el proyecto Carro de Combate, que ofrece información para “poder consumir críticamente”. Aunque es mucho más que eso, y en los diferentes informes y libros que han ido publicando desgranan todo lo que va mal en el sistema capitalista de producción y consumo en cada una de sus fases, desde la extracción de las materias primas hasta el momento de la compra.

“Por aquel entonces trabajábamos como periodistas freelance para varios medios, yo desde América Latina y Laura desde Camboya. Queríamos hacer para el primero de mayo un proyecto de reportajes de denuncia sobre el trabajo esclavo, pero nos dimos cuenta de que el tema era mucho más complejo y requería abarcar toda la cadena de producción, distribución y consumo”.

Hasta el momento, además de la publicación de informes sobre productos y sectores industriales concretos, sus dos principales líneas de investigación han girado en torno a la industria azucarera (sobre la que sacaron en 2013 el libro Amarga Dulzura) y el aceite de palma, del que ya hablaban mucho antes de que los medios españoles se preocuparan por su perjuicio para la salud. Para la periodista, en estas informaciones se suelen omitir “cosas muy perversas que están surgiendo detrás”.

Se refiere, por ejemplo, a casos como el que estudió para su tesis (es doctoranda en Ciencias Sociales) en Montes de María, en el Caribe colombiano. “Allí, una región muy fértil, habitaban comunidades campesinas y afrodescendientes que me decían que antes de la plantación de palma vivían tranquilos”. A finales de los 90 llegaron grupos paramilitares que obligaron, con métodos violentos, al desplazamiento de cerca de 250.000 personas. “Cuando tiempo después volvieron a su tierra se encontraron que la palma ya estaba plantada y no podían regresar a su vida anterior. ¿Hubo una mala fe por parte del estado colombiano para llegar a esto? Pues nunca se pudo demostrar judicialmente, pero lo cierto es que todo esto sucedió después de que el gobierno creara un marco muy beneficioso para la industria palmera”.

Esa situación obligó a muchas familias a trabajar en el cultivo de palma, “en un modelo de alianzas productivas parecido al de las cooperativas agrarias en Europa y dando lugar a una situación de oligopsonio”. Es decir, los únicos clientes de estos campesinos acabaron siendo las grandes empresas palmeras, con pleno poder para establecer las condiciones de la compra-venta del producto. “Por otra parte se redujeron los alimentos por el monocultivo de palma, que además produjo una crisis climática y en el ecosistema de la zona”.

“Añadamos que las plagas o el calor te dejan necesitando dinero porque el libre comercio reduce los precios, y acabas malvendiendo esa palma que te has visto obligado a cultivar. Además la producción contamina los cuerpos de agua de la zona y las represas, y acabas teniendo que usar los filtros que ofrece una ONG porque el agua pica. Cuando estuve allí lo comprobé al ducharme. Más tarde aparecen enfermedades por esta situación: infecciones renales, vaginales, dolores de estómago...”.

Extractivismo e izquierda latinoamericana

Lo que cuenta es solo un ejemplo de algo que ha visto repetido decenas de veces y con pocas variantes desde que se estableció en Latinoamérica en 2008. Y no solo respecto al cultivo de palma, que junto con las represas y el petróleo formaría “la gran triada de proyectos extractivistas en el continente”.

“En esta parte del mundo, el extractivismo es El Tema”, nos dice Nazaret, hasta el punto en que afirma que, en casos como el de Colombia, “se superponen los mapas de los proyectos extractivistas con los de la violencia”.

Le preguntamos cómo es posible que, tras tantos años de gobiernos de izquierda en buena parte de Latinoamérica (una tendencia que ya está claramente revertida), se haya apostado tanto por este modelo económico y medioambiental que ha favorecido las megacorporaciones de extracción de los recursos. “En Latinoamérica la gestión del Medio Ambiente ha sido un desastre desde los sesenta”, nos responde. “Lo resumía Mujica: la gente quiere iPhones. En los ochenta la izquierda renunció a ser anticonsumista y ha formado gobiernos de redistribución de la renta, pero no anticonsumistas”. Añade que además la ciudad es “la que gana elecciones, así que se pierde el indigenismo de las zonas rurales”, y pone como ejemplo la gestión de los Kirchner en Argentina hasta la presidencia de Macri: “Está muy bien que lucharan contra los fondos buitres o nacionalizaran Repsol, pero YPF seguía (y sigue) haciendo polvo a las comunidades mapuches”.

No, no tienes elección

En su último libro, La dictadura de los supermercados (Akal, 2017), publicado al margen del proyecto de Carro de Combate, Nazaret se centra en la etapa de distribución del producto y la llamada Gran Distribución Moderna (hipermercados, supermercados y grandes superficies). Un fenómeno que conlleva, a medio o largo plazo, consecuencias como la precarización del trabajo y la concentración de grandes capitales. Se trata de la otra gran cara de la moneda. La que vemos todos los días.

“Parto de la idea de que el consumidor final no está eligiendo lo que consume, pero cree que sí. Lo decía Esther Vivas: La ilusión de la libre elección. El proyecto surge para estudiar cómo en el supermercado los colores y las etiquetas engañan: son cinco empresas la que controlan casi todo. Es todo lo mismo. Es un oligopsonio, como decíamos antes, y lo que no llega al estante del supermercado es muy difícil que se venda”.

En una conversación sobre capitalismo, abusos laborales y grandes distribuidoras es imposible no hablar de Inditex. “Lo comprobé para el libro, ya que es un caso muy interesante. Lo que da beneficio es la distribución, así que la producción se terceriza a proveedores del sureste asiático. Y ahí Inditex lo tiene muy fácil para lavarse las manos respecto a las condiciones laborales en estas fábricas”. A esta lógica productiva se suma una “enorme rotación de prendas en la tienda y el fomento del consumismo y de una determinada idea de la mujer. Por no hablar de un complejo entramado fiscal que permite desgravar casi todo. Y ahí está Amancio Ortega dando la imagen de hombre hecho a sí mismo y de que todo el mundo puede llegar a ser multimillonario”, lamenta la periodista, que nos confiesa haber sido compradora de Zara en el pasado.

Llevamos un rato hablando de las perversiones de la gran cadena de producción. Le preguntamos por alternativas posibles y apunta algunas, como el impulso a las distribuidoras cooperativas, los grupos de consumo o las ferias orgánicas y ecológicas. Sin embargo, desde una perspectiva global, el cambio no es fácil. “La gente pide soluciones rápidas y concretas, y a estas alturas del partido no hay. Por ejemplo, no hay alternativa al cultivo de la palma (¿Qué ponemos en su lugar? ¿soja?, ¿coco?). Hay que plantear un cambio de modelo radical”.

Nazaret habla sin titubear, desde el convencimiento. Le preguntamos cómo ve la relación entre periodismo y activismo. “El periodismo no lo entiendo si no es militante. No creo en la objetividad: es una trampa para hacer que defiendas al poderoso, y el periodismo defiende el interés del lector. Yo no puedo contar la verdad universal, cuento mi verdad. Pero soy honesta, porque mientras que para el activista puede ser legítimo ocultar una información en defensa de una causa, para el periodista no”.

Le hacemos, por último, la pregunta que todo periodista suele hacerle a otro colega desde hace años cuando se lanza a crear un medio nuevo. ¿Sobrevivís solo con Carro de Combate? La respuesta es demasiado habitual: “Funcionamos con microcréditos de particulares que permiten cubrir gastos y algún viaje, pero no es un trabajo que sea remunerado”. La contestación de siempre, acompañada de la misma conclusión: “Es verdad que el lector se ha acostumbrado al todo gratis, algo que a mí personalmente me da rabia".

Agradecemos a Nazaret su tiempo. Cuando nos despedimos, las tiendas todavía están allí. 

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