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"Nada de lo que se diga hoy vale, porque se va a decir desde la indignación y desde el dolor de la agresión", decía uno de los dos amigos catalanes que me iban a servir de guía en el día de ayer (1-O). Eran las 16.00 o las 16.30 y quedaban por trascender muchas imágenes de cargas policiales, aunque las más icónicas ya las estaban utilizando CNN o The New York Times, mientras poníamos el Canal 24 de RTVE para comprobar que hablaba de estrenos de Cartelera.

Desde las 5.00 a las 23.30 del pasado domingo hice la cola para votar rodeado de jubilados en un instituto de Hospitalet, vi un conato de carga policial a unos metros de donde ETA asesinó a Ernest Lluch, paseé junto a colegios electorales de Viladecans y fui testigo de dos concentraciones en el barrio de Sants de Barcelona, una en el centro cívico de Cotxeres y otra en la Escola D’Idiomes, destinadas a proteger las urnas de una posible incautación en las últimas horas de apertura de colegios. Eso, además de charlar, o discutir sin perder ni ellos ni yo educación o ganas, con independentistas de diferentes edad y condición. Todo ello mientras los miles de manifestantes entre los que me perdí seguían por sus móviles o los medios el goteo de incidentes policiales, intentando comprobar si algún conocido había resultado afectado y sintiendo cada agresión como si fuese en carne propia.

Sostenía Oscar Wilde que en este mundo solo hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que se desea. La otra, conseguirlo. También mantenía que el patriotismo es la virtud de los depravados.

Voto en blanco

“Hemos pensado tanto en el referéndum que no hemos pensado en lo que vendrá el día después. Yo he votado en blanco porque creo que este referéndum se hace sin garantías. Y me considero independentista, pero creo que se debería poner por delante lo social. Pero si esto se ha planteado ahora, por las circunstancias que sean, lo tenemos que resolver”.

En el IESE Fontseré de L’Hospitalet del Llobregat, al que acudí acompañando a un amigo para que se concentrase en previsión de una intervención policial -que en este caso concreto no llegó- y más tarde pudiese votar –y yo aprovechase para tomar notas, claro– tuve dos oportunidades de jugar al periodismo gonzo. Primero, cuando se me ofreció formar parte de una mesa electoral ante la ausencia de las personas convocadas, y con la organización buscando voluntarios para poder constituirlas. Segundo, cuando fui consciente de que al estar apuntando los datos de los votantes a mano en los intervalos que la aplicación informática del censo universal estaba caída, podía haber votado dando mi nombre y DNI, sin mentir, y dejando un hermoso voto nulo imposible de comprobar en la mesa de mi elección.

No sé si no lo hice por ética, por estética o por no convertir a mi amigo catalán y cicerone improvisado en cómplice de la gamberrada. En INFAMIA no somos tan brillantes y ante el evidentemente falible funcionamiento del censo universal otros aprovecharon la oportunidad de desacreditar el referéndum.

Por lo demás pude participar en una cola que rozó las 120 personas en algún momento de la mañana, de una media de edad alta pero, por lo que me comentaron los paisanos, con poca participación para el segundo municipio de Cataluña en población. Se votó Sí, No, y en Blanco rodeados de balcones con banderas –constitucionales– de España.

En Hospitalet también pude tuitear que a pocos metros de la esquina donde ETA asesinó en el año 2000 al ex ministro Ernest Lluch no se debería cargar contra gente que va a votar. Por ética o por estética. Al menos, #NoEnMiNombre.

"Con España no es posible"

“Si alguien te dice que sabe que igual los primeros años de independencia ellos o sus hijos van a vivir peor pero que a largo plazo creen que va a ser mejor, eso ya es el terreno del sentimiento, y ahí no se puede argumentar”, comentaba, muy calmado y con buena educación, un federalista.

Llegué a Barcelona rozando la medianoche del sábado 30 de septiembre y me encontré con la recepción calurosa que me daba la ventaja de los amigos catalanes y la suposición -que nunca desmentí- de cierta simpatía por la votación. Luego llegaba la pregunta que nos han hecho mil veces los últimos años, sobre cómo ve el procés el resto del Estado español. Nuestra respuesta suele consistir en aclarar que su burbuja madrileña, treinteañera y 'proge' no es el Estado español. La mejor prueba de esa falta de representatividad, aunque eso no lo decía, la llevaba en los grupos de whatsapp de mi móvil compartidos con familiares y amigos del resto de las Españas.

En las concentraciones de Cotxeres y la Escola D’Idiomes, rodeado de otra burbuja treintañera y 'progre', sólo que barcelonesa, me atreví a intervenir más en esta crónica que durante mi tentación gonzo en Hospitalet, comenzando varias veces, grabadora o libreta en mano, la eterna discusión entre catalanes independentistas de izquierdas y los de cualquier otra parte del país. Esa discusión en la que se establece una dinámica de “ellos” y “nosotros” que no queremos ver, un empeño en recordar las -presuntas- diferencias que suena un tanto adolescente, una dinámica del rechazo no admitido que puede sonar a metáfora amorosa aunque el símil adecuado es el de un brazo que se amputa a sí mismo a hachazos del resto del cuerpo mientras insiste en que aún así podrá seguir conectado al corazón y los pulmones.

“No es cualquier república catalana antes que cualquier Estado Español, pero es que creemos que España ya es irreformable y el día de hoy lo confirma. Las cargas policiales no se van a olvidar. No podremos, aunque queramos. Silencios como el del PSOE no se van a olvidar. Y nos podéis echar en cara la corrupción de Convergencia si criticamos la del Estado Español, pero es que el éxito de la CUP se explica porque muchos castigaron la coalición de Junts pel Sí porque estaban ellos”.

“Me gustaría pensar que otra relación con España es posible, pero también tengo la ilusión de crear un Estado nuevo, algo nuestro, con reglas que sirvan para combatir mejor la corrupción, reproduciendo lo que se ha hecho en otras democracias más avanzadas. Eso con España no es posible, nos gustaría otro tipo de relación, pero eso ahora no lo vemos viable”.

“Nos pedís una coherencia que no podemos tener. Yo no entiendo todos mis sentimientos, y puedes decir que los sentimientos no pueden formar parte de la política, pero eso no se puede cambiar. Siempre he sentido que algo no encaja en la relación con España, desde pequeña, y quizás en algún momento tendrá que cambiar”.

Después de mañana

A las 19.40 obtenía una respuesta más contundente que cualquier discusión sobre entelequias intelectuales. Alrededor de 200 personas de todos los espectros de edad permanecían concentradas en la puerta de la Escola D’Idiomes. Después de celebrar con un aplauso que los datos de participación de la tarde superaban a los de la mañana, cantaban L’Estaca y Els Segadors. Sólo uno de mis cicerones a estas alturas, andaluz naturalizado en casteller, y yo permanecíamos en silencio, en un momento que pude sentir tan magnético como ajeno. España, ahora mismo, a esos treinteañeros titulados, criados en democracia y en su burbujita, no puede ofrecerles ninguna sensación de pertenencia como esa.

Ni a ellos ni al resto, más allá del “esto es lo que hay” y del insulto. De ser capaces de echar a catalanes a los que les daba igual porque se los perciba como "enemigos" sólo por el hecho de ser catalanes.

Es posible que los sentimientos no deban servir para legislar y el nacionalismo debiese morir en el siglo XX, pero aquí estamos. Con una parte de España que se siente agredida y despreciada –y, como buena reprimida, no lo admite– y por eso reacciona con cada vez más dolor, y, por tanto, virulencia. Y con otra parte de Cataluña –que no toda, no hay unionistas ni pasotas en esta crónica porque no me los crucé en los colegios electorales– que psicológicamente hace mucho que no es España, porque no se ha criado así y nunca lo va a ser, así que se siente asfixiada. Y las consideraciones prácticas ya les dan igual. Están dispuestos a pagar un precio material, sean o no conscientes de su alcance.

Por supuesto, los sentimientos de los catalanes que se quieren marchar, como decía la frase que encabeza esta crónica, están a flor de piel y no contemplan los sentimientos de los que quieren quedarse, a los que el Gobierno de España decidió el 1 de octubre dejar a los pies de caballos, convertidos en traidores colaboracionistas de un Ejército de ocupación. Aunque sea mentira, aunque sea una exageración. Aunque la misma lógica democrática que se defendió el 1-O pacíficamente dicte lo contrario.

Son sentimientos.

Sólo una parte, mal que bien y a veces disfrazándolos de argumentos, es ya capaz de expresar sus sentimientos. Del otro lado, ideas que creíamos eliminadas del discurso público se vuelven a sentir legitimadas y con respaldo social.

Quizás España sin Cataluña ya no es España, porque España no es Castilla invadiéndonos al resto, sino el conjunto. Quizás pronto lo sepamos, y vivamos en otra cosa. Post-España. 

Quizás España no tiene arreglo, y quizás los catalanes son tan españoles -y mucho españoles- que ellos tampoco. 

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