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Muchas. Por todos lados. Con saña. Un hostiazo impresionante de una pelota de goma lanzada por la Policía Nacional el 1 de octubre le ha quitado parte de la visión a un hombre en Barcelona. Hace cinco años los Mossos le arrebataron un ojo a Ester Quintana con un proyectil parecido durante la Huelga General del 14N que se celebró contra los recortes.

El Ayuntamiento de la misma ciudad ha cifrado en 302 las personas tratadas por la actuación de las fuerzas y seguridad del Estado (por contusiones, policontusiones, heridas, traumas de diferente tipología, fracturas y ataques de ansiedad), entre ellas algunos menores. Hay un vídeo en Youtube de una madre implorando para que unos polis no se lleven detenido a su hijo adolescente que le pone a uno la piel de gallina: ocurrió durante las protestas de Gamonal en 2014.

En aquella ocasión, los vecinos del barrio burgalés denunciaron toques de queda y cargas policiales injustificadas tras manifestarse por la construcción de un bulevar y un parking subterráneo de pago. Días después y en otras ciudades, como Zaragoza o Madrid, hubo más cargas y denuncias de agresiones durante una manifestación de apoyo a la lucha vecinal en Gamonal. Al parecer recibió hasta un bombero.

Hay otro vídeo (youtube está lleno de ellos), de una chica siendo reducida por un agente el doble de grande que ella en un colegio electoral de Barcelona. Denunció que le había partido todos los dedos de la mano y, aunque finalmente la lesión no fue tan traumática, a uno le duelen todos los huesos del cuerpo cuando lo mira.

Igual que cuando ve al minero asturiano que, en otra pieza de Youtube, recibe una incontestable hostia mientras levanta las manos y grita “somos mineros, no terroristas”. Fue en una marcha, en principio pacífica, a la capital española en julio de 2012 (hay que decir que la cosa ya venía caliente después de varios enfrentamientos campales en el Norte de España los días antes). Aquella ‘Marcha negra’ hasta Madrid, en la que se exigía que no se retirasen las ayudas a un sector del que vivían decenas de miles de familias, se saldó a la noche con otra carga policial en la Puerta del Sol y alrededores. “Bolas de goma, familias corriendo, niños llorando, avalanchas para refugiarse en los centros comerciales aledaños y, al menos, nueve detenidos”, empezaba la crónica de un periódico.

La foto de una anciana a la que un rastro de sangre le atraviesa media cara pasará a la historia de la infamia de lo que fue el pasado 1 de octubre. Seguro que aquella hostia le dolió tanto como las que se llevó el parado sexagenario que, en 2012, relataba a un grupo de periodistas y vecinos en Valladolid cómo un policía se ensañó con él. Fue durante una protesta pacífica organizada por la Plataforma de Parados en Movimiento, que aprovechó que se celebraba la convención nacional del Partido Popular en la ciudad para reivindicar otra política laboral más justa.

El teniente de alcalde de la ciudad condal, Jaume Asens, ha declarado que, en los días previos al 1-O, “se creó un clima de tensión y animadversión que facilitó que se cometieran excesos”. Y seguramente tenga razón. Desconocemos, por otra parte, la predisposición con la que la Guardia Civil salió a repartir palos en Artieda (Zaragoza) a los vecinos que en 2012 protestaban tranquilamente contra la expropiación de sus tierras con motivo del proyecto de recrecimiento del pantano de Yesa. Tras las hostias, el Instituo Armado denunció a ocho de ellos por atentado contra la autoridad. Hay hasta una sentencia condenatoria contra ellos.

No tenéis cojones, sois unos cobardes”, le gritaba un señor de unos sesenta años a un grupo de antidisturbios tras haberse producido una carga. Fue en octubre, y contra unos manifestantes que pedían pacíficamente la convocatoria de un referéndum. Pero fue en el octubre de 2012, en Madrid, y entonces se planteaba la posibilidad de elegir entre una República o una Monarquía.

En Murcia, pocos días antes de que se detuviera a varios cargos de la Generalitat catalana por algo tan peligroso y amenazante como imprimir papeletas, un chico mostraba a cámara una espalda descarnada por los golpes. Era uno más de los muchos heridos que estas semanas denuncian agresiones policiales contra sentadas pacíficas que pretenden parar la creación de un muro que partirá en dos la ciudad (sí, partirá en dos una ciudad entera para que pase a través de ella la gente que pueda costearse un billete de AVE). El ministro Íñigo de la Serna dio instrucciones de que se tomaran “las medidas necesarias” ante posibles protestas.

Un amigo catalán, de izquierdas, internacionalista y antinacionalista me dice que tras lo ocurrido estos días en su tierra quiere dejar de ser español. No ya por un Gobierno al que desprecia, sino por la pasividad relativa que asegura percibir en toda España respecto a lo que está pasando en Cataluña. Salvo algunas manifestaciones en grandes ciudades, dice, el resto calla o aplaude.

Tiene parte de razón.

También callaron o aplaudieron, sin embargo, buena parte de los padres catalanes que en las manifestaciones del 15M, 12M o 27M vieron por televisión a los Mossos (los mismos a los que ahora entregan rosas blancas) inflar de hostias a sus hijos, cuando estos pedían un mundo más justo y no un referéndum por una nueva frontera.

La hostia española, la hòstie catalana, es un golpe o trastazo ejercido con violencia. Pero en la raíz de las dos hostias, en latín, designa a “una víctima ofrecida expiatoriamente para aplacar la ira de los dioses”.

La andanada de hostias (hòsties) que hubo en Cataluña el 1 de octubre tuvieron tanto de golpes como de víctimas propiciatorias, de sacrificio ritual destinado a ganarse el favor de los dioses de la opinión pública (la internacional, la nacional en buena medida). "Con esta jornada de esperanza y también de sufrimiento, los ciudadanos de Cataluña nos hemos ganado el derecho a tener un Estado independiente que se constituya en forma de república", declaró el presidente de la Generalitat esa misma noche. En el fondo no hablaba de votos (una performance, la del referéndum, que en realidad nunca había importado más que como ceremonia necesaria); hablaba de las hostias. Hablaba del sacrificio.

Por cierto que los catalanes pro-referéndum que fueron apaleados, insultados y ultrajados no fueron los únicos sacrificados el primero de octubre. También lo fueron, lo son siempre, los policías y guadiaciviles a los que el Gobierno envió a dar y recibir (hostias), expuestos a la vergüenza y al escrache. Son los hijos de los pobres enviados a luchar por la patria. Los mismos de Cuba y los mismos del Rif. Que sientan o no como real esa patria es lo de menos a la hora de repartir: el hambre sí se lo creen.

En España, en Cataluña, hay gente a la que llevan años partiendo la boca. Se la han partido porque no se resignaba a que la echaran de su casa, por interrumpir las obras de un proyecto que iba a joderle el barrio, por negarse a pagar (más) dinero por una mamografía. Le han reventado la cabeza a más de una que pedía más pan y menos chorizo; que exigía justicia por lo de aquel banquero que se acabó gastando sus ahorros en putas y coca y que ahora es concejal de su pueblo, o presidente de alguna fundación pública. También por plantear algo tan esencialmente democrático como es querer votar qué país se quiere ser.

En estos días se habla mucho de sentimientos, y el sentimiento generalizado, desde el Ampurdán hasta Nueva York (pasando por Vallecas), es el de rabia e injusticia. “La vergüenza de Europa”, tituló la CNN. Igual cabe preguntarse por qué es ahora cuando la vergüenza se ha hecho tan insoportable, y por qué no se nos había caído a todos antes la cara (de vergüenza y de las hostias). Quizás debamos aceptar, todos, que en el mundo en que vivimos nos sigue doliendo más un país que su gente; que tenemos asumido que se nace siendo español o catalán, pero se elige ser pobre; Que unas hostias se sienten más que otras.

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