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Diego y Luz son argentinos, bonaerenses del barrio de Núñez –para los futboleros, donde la cancha de River– y están pasando un mes viajando por España. Empezaron por Madrid, donde nos cruzamos por primera vez, y llegaron a Barcelona el 30 de septiembre. Me los volví a encontrar la noche del 3 de octubre, en la zona de la Sagrada Familia, carrer de Sicilia con carrer de Mallorca. La cacerolada al discurso de Felipe de Borbón les ha parecido muy modesta comparada con las de su país, para el resto tienen opiniones enfrentadas:

Luz: No lo podemos pensar porque no pertenecemos a esta comunidad. El ser catalán es ser diferente. Ningún argentino ni por borracho podría soñar algún día no ser argentino. Acá es más importante el ser catalán que el ser español. Es una esencia como primera, como natural. En Argentina eso es impensable.

Diego: Lo que ella dice es del sentimiento, pero la ley...

Luz: Pero por eso hay tanto quilombo.

Diego: Pero desde el punto de vista legal es insostenible decir “el referéndum fue valido, vamos a declarar la independencia”.

Luz: Pero no es legalidad ni ilegalidad. No es un sentimiento, es una esencia.

Diego: Pero la esencia no puede estar sobre la ley.

Luz: Pero yo los entiendo a los catalanes. Ellos no se sienten españoles, se sienten catalanes. Y eso es un sentimiento que vos no lo podés entender, porque no sos catalán.

Naomi es guía turística. Confiesa que en el centro de Barcelona podría vivir hablando sólo en inglés si quisiese. Votó en el referéndum escocés y contra el Brexit y tiene una crítica contra el del 1-O –aunque confiesa que sólo quiere que todo el mundo "deje de hablar de esto y hagamos vida normal”–: “En Escocia estaban las White Pages que explicaban qué clase de Estado seríamos si salía el ‘sí’. Aquí no hay nada de eso. No saben qué moneda tendrían, cómo serían las fronteras… No es serio”.

El 1-O me rendí y asumí que no es un debate de argumentos, sino de sentimientos. La investigación cualitativa, en Ciencias Sociales o de la Salud, no busca tanto la representatividad de los datos como la singularidad de los mismos. En Ciencias de la Salud la cualitativa aporta la visión del otro, lo que no se puede medir, pasando el enfermo de objeto a sujeto de la propia investigación. En la mayoría de corrientes se para de hacer entrevistas cuando se alcanza la saturación: no encuentras discursos distintos, empiezan a repetirse. No sé si he llegado a ese punto, y ni tengo conocimientos médicos ni he tenido acceso a todas las escalas del gris. Quizás incluso soy parte de la enfermedad. Probablemente todos los somos.

Manifestaciones ejemplares

La mañana del 3 de octubre, en Via Laeitana, alrededor de las 11.00 de la mañana, un presunto piquete se concentra frente a Jefatura de la Policía Nacional. Un piquete clásico se llevaría las manos a la cabeza: los supermercados a su espalda permanecen abiertos y los chavales que se manifiestan entran en los mismos a comprar agua o cerveza. Aunque de vez en cuando se escapa algún ¡Asesinos, asesinos! dirigido a la Policía Nacional, si pasa una anciana con una bandera constitucional de España acaban aplaudiendo y alguien comenta "esto es democracia".

La gente es amable y me corrige el catalán para twittear cuando pido ayuda. En general, hay muchas ganas de hablar y explicarse, hasta que aparece una cámara de televisión y se le grita "prensa española, manipuladora". Luego se pasa y me siguen atendiendo. Me cuentan qué tienen familiares andaluces y alguno más torpe me dice que le encanta el flamenco “pero los toros no”, no acabo de tener claro si temiendo ofenderme con eso último.

Adrià es de Hospitalet, está rozando los 30, no confía en el PdCat pero –o porque– es independentista y de izquierdas. Me atiende en la manifestación unitaria del 3-O en Universitat, lamentándose porque unos alumnos de instituto cantaron ¡Visca Terra Lliura! en una concentración a primera hora y ha sido lo único que han reflejado los medios, sin ni siquiera comentar que el resto de manifestantes los hicieron callar. “Esos chavales no sabían ni lo que era Terra Lliura, no son representativos. Todo esto sólo tiene sentido si es pacífico y democrático”.

Me explica sus razones para la independencia: “La lengua no está protegida. En el colegio tenía que dar explicaciones de por qué hablaba en castellano cuando en casa mi idioma es el catalán. La Justicia sólo está en castellano, no tienes derecho a denunciar en catalán o cosas así. Muchas iniciativas legales progresistas que salen del Parlament se paran en Madrid. Después del 1-O queda poca esperanza de entendimiento”. Y aquí sonríe con ilusión sincera: “¿por qué no probar con un nuevo país?”.

Las manifestaciones estudiantiles del 3-O en el centro son ejemplares en el mismo sentido que el cartel de Podemos que pulula por las redes: si pasa alguien con una bandera de España, se le responde a besos. En Universitat, Gemma, 26 años, familia gallega, independentista pero no, internacionalista pero no –intuyo que debe seguir debatiéndose mientras escribo esto–, se queja de la cantidad de esteladas: “se supone que el paro era para condenar la violencia policial, y aunque haya buen rollo, tanta bandera indepe lo convierte en un acto pro indepe. Que puedo estar de acuerdo, pero me parece que excluye”.

Haber estudiado

La noche del 2 al 3 de octubre asisto a mi primera cacerolada. Es cierto que no se informa de ellas en España, pero tampoco me parecen las barricadas de Los Miserables: pro independentistas o pro referéndum se asoman a sus ventanas a las 22.00 cada noche y le dan a la cacerola durante 15 minutos. Bastan que sean tres por edificio para que parezca que tiembla media calle. En un cruce con Passeig de Sant Joan un motorista se pone a cantar el himno de la España franquista en respuesta y cuando alguien lo intenta grabar se tapa la cara.

A la vuelta de la cena, me tropiezo con un escrache a una casa cuartel de la Guardia Civil. Quedan unas horas para el comienzo oficial de la huelga o paro. Los mossos protegen el cuartel y los manifestantes no llegarán al centenar, de media de edad bastante baja. Corean chistes sobre coca y sobre ser guardia por no haber podido estudiar.

Toñi es de Murcia, está casada con un catalán, tiene un hijo catalán, lleva 10 años en Barcelona y hasta tiene plaza de funcionaria. Cuando anunció que no secundaría el paro del 3 de octubre una compañera se pasó dos días sin hablarle, aunque la tarde del día 4 “se despidió con un beso”. Condena las cargas del 1-O “como cualquier persona con dos dedos de frente. Pero eso no quita que no sea indepe y me cabrea el por mis cojones de muchos independentistas; o que a amigos míos en el colegio de sus hijos los hayan insultado, o que a mi marido amigos de la infancia le dejen de hablar o lo llamen mal catalán. Y sé que en el resto de España hay catalanofobia, ¿eh? Que me he levantado de reuniones familiares porque le estaban faltando el respeto a mi marido. Pero aquí no están libres de pecado precisamente”.

María es de padres sevillanos, tiene casi más acento que yo, trabaja en un restaurante en el centro turístico, le gusta que Puigdemont haya tenido su propia cacerolada y prefiere que no la grabe. Me pregunta que de qué me siento yo y le digo que del Betis. Ella me dice que ponerse a debatir te perjudica en el trabajo. Luego añade “yo me siento española, y punto”.

Sentimientos

“Cómo cogen a ancianos de los pelos y los tiran por las escaleras y eso… eso no se me va a olvidar en la vida”, comenta Bart en Plaça Sant Jaume el 3 de octubre. Es barcelonés de padres cordobeses. “La catalonofobia… a ver,  voy habitualmente a Madrid, vengo de hacer el Camino de Santiago y nadie me ha insultado. Pero existe la idea de que nos sentimos superiores. Me lo dicen mis familiares en Andalucía. La relación entre Cataluña y Andalucía ha sido muy buena y ahora se la están cargando. El problema de España es la herencia Franquista que no acepta las diferencias, y por eso en la tele en Madrid si eres catalán o andaluz, para trabajar te obligan a cambiar el acento”.

Uno de sus compañeros de trabajo, algo mayor que él, que lo acompaña en la manifestación, interpela al resto de la sociedad española: “Para mí, si alguien vota a un partido y no cumple, te ha defraudado. Pero si, como la sociedad española desde hace seis años, sigues votando lo mismo, entonces eres cómplice. La sociedad española no reconoce la identidad catalana. Desde España se cree de forma errónea que se debe a una cuestión económica, pero lo principal es el sentimiento de identidad. Ese mensaje lo está escondiendo la Educación y la prensa española, y al no reconocerse ese sentimiento, se están buscando las vías que sean”.

Son un grupo de ‘huelguistas’, la mayoría funcionarios, no todos independentistas. Marta, una de ellos, advierte sobre el 1-O que “hoy nos pasa a nosotros, pero el año que viene le puede pasar a cualquiera en el Estado español. Así es este Estado”. Las noticias del procés absorben la actualidad catalana y no han oído nada de las cargas contra manifestaciones pacíficas en Murcia. Rápidamente muestran su apoyo. Uno de ellos añade: “No sabía nada de eso, pero sí me dio curiosidad que en un pueblo andaluz pusieron la estelada”.

Otro más, de padres aragoneses y que se confiesa unionista, añade: “se ha adoctrinado al odio desde las dos partes. La recogida de firmas contra el Estatut se hizo con una retórica de odio al catalán, de presentarnos como los malos. Y aquí, en la Educación, en la televisión, se insiste en que somos diferentes y en el España nos roba”.

¿Qué hacemos?

Jordi es taxista en Manresa. No me deja que lo grabe porque dice que se expresa muy mal. Es independentista desde mucho antes del 1-O, pero cree que tras este “no hay marcha atrás” y justifica una declaración unilateral de independencia “porque España nunca va a permitir otra cosa”. Le pregunto si cree que hay una mayoría social de catalanes que apoyen la independencia: “antes no tanto, pero cada vez más”. Le pregunto entonces qué ocurriría con el amplio porcentaje de catalanes que sí quieren seguir siendo españoles en caso de DUI. Qué harían con ellos. Me responde: “bueno, y si no, ¿qué hacemos con nosotros?”.

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