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El pasado viernes 3 de noviembre Cristina Fallarás, una de las columnistas con menos pelos en la lengua de la actualidad y cuya crítica sin dios ni amo más respetamos en esta infame casa, publicaba en La Marea un artículo de opinión titulado ‘Y España, ¿qué opina de esto?’. Reprochaba al conjunto de la sociedad española su aparente indolencia frente a los atropellos legales al ex Govern catalán y la deriva autoritaria del Gobierno de Rajoy, paralela al auge de la extrema derecha.

Reproduce un argumento recurrente en los debates con activistas catalanes de diferente pelaje, no todos ellos necesariamente independentistas. Un reclamo de empatía y comprensión al resto de España, considerando que hay un cierto abandono y hostilidad hacia la sociedad catalana que encuentran injustificable, y culpabiliza por omisión a sus conciudadanos de los presuntos abusos sufridos.

Pero es que… toda esa historia no va con nosotros.

Seamos sinceros. Tenemos cosas más importantes en las que pensar.

Por ejemplo, los gallegos están más preocupados por los incendios, la irresponsabilidad de la Xunta y el abandono estatal, además del cambio climático. Peor aún, se ha elegido de cabeza de turco a un histórico activista ecologista -¿los ecologistas no son presos políticos?- y se intenta evitar un urgente debate sobre política medioambiental. También han estado ocupados con la huelga de trabajadoras de Inditex. En determinadas zonas de Galicia Amancio Ortega no es sólo un nombre en la lista Forbes.

En Murcia, por otra parte, han estado pendientes del soterramiento del AVE, denunciando a sus dirigentes locales y manifestándose ante el Ministerio de Fomento con apoyo de activistas de otras zonas de España. Por una protesta muy parecida contra una obra invasiva empieza en Burgos el lunes 6 el juicio contra varios activistas del barrio de Gamonal, que pueden unirse a las seis condenas de prisión ya existentes. En Granada también existen problemas con el tren. En concreto que no llega. Ninguno. Sus vecinos compaginan reclamar mejores infraestructuras con luchar por una sanidad digna en Andalucía, por cierto.

A todos por igual nos preocupa la corrupción y como se ha utilizado el procés para tapar el juicio de la Gürtel. Y aún más que eso nos preocupan el paro, la pobreza o los desahucios. El 12 de noviembre, día que el independentismo quiere salir a la calle a protestar contra los encarcelamientos, lleva convocada desde hace semanas en Madrid una marcha contra el racismo en España.

Eso así, sólo para empezar. Podríamos seguir un rato más. Muchas de estas reivindicaciones sociales o desde la izquierda se hacen, por cierto, a pesar o en contra de gobiernos del PSOE. Acusar a la izquierda española de silenciosa o cómplice con Rajoy, como hace Fallarás, por un PSOE ausente y un PSC que se coloca en la foto es injusto tanto para la sociedad española ocupada con sus propios problemas como para los militantes o votantes socialistas traicionados por dicha actitud.

No es que no pensemos nunca en Cataluña. Muchos tenemos una idea de España como un conjunto cultural integrador que hace que nos preocupe lo que pasa allí más que, por ejemplo, en Marsella. La mayoría tenemos amigos y familiares que viven allí, y que opinan en todo el espectro del gris.

Pero igual de ofensivo y condescendiente que creer que el independentismo surge por culpa de la manipulación de TV3 o que todos los catalanes apoyan al PdeCat sin recordar la corrupción es devolver el mismo baremo cambiándolo por TVE y PP. O pretender que todos los manifestantes por la unidad de España son de extrema derecha y nacionalistas excluyentes, mientras que los indepes son… ¿independentistas sin fronteras?

Cientos de miles de españoles no están solidarizándose con el pueblo catalán no por ser de extrema derecha o estar manipulados. Es que tienen otras cosas que hacer y la causa catalana no los interpela. Al contrario, los excluye.

Por supuesto que una gran parte de la sociedad española condena la violencia policial del 1-O. Hay detenidos en Madrid por manifestarse en solidaridad con el pueblo catalán. Y los manifestantes murcianos han pasado meses recibiendo un tratamiento similar. El mismo que todos nosotros, tradicionalmente. No es una novedad. Nos llevan a haciendo los mismo desde hace años, en manifestaciones igualmente justas y pacíficas.

Evidentemente una gran cantidad de ciudadanos del resto de España sabe que las medidas de prisión preventiva contra los Jordis o los exconsellers o se basan en leyes que rozan lo antidemocrático o que se interpretan más duramente por razones políticas. Pero la falta de independencia de la Justicia no es un problema nuevo y hay muchos más casos de presos cuyo incumplimiento de las leyes es exagerado o tergiversado por motivos de conciencia, como los condenados por el incidente de Alsasua o los antifascistas de Madrid.

Y hay muchos más. Los raperos de La Insurgencia aparecen en los medios a remolque del ex Govern, pero están siendo procesados por una ley por la que votaron a favor los diputados del PdeCat. Igual que Cassandra Vera. El ex candidato de Podemos Andrés Bódalo está condenado en prisión por un delito que sí cometió –igual que existen indicios razonables de malversación o violación de la protección de datos sobre los exconsellers– pero que es razonable cuestionar en la gravedad de su condena, debido a su activismo político en el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) en pro de los derechos de los jornaleros.

El caso de la mitad del Govern cesado sería peor que los de Bódalo, los raperos o los antifascistas por tratarse de cargos electos que, si se han saltado algunas leyes, ha sido por seguir el mandato para el que fueron elegidos. Eso puede ser así para una parte de Cataluña pero no para toda ni para el resto de España. Lo que se ha visto desde aquí es a un grupo de personas que creen tener la razón por ciencia infusa, y se saltan cuantos límites sean necesarios, incluído su propio Estatut o los derechos de los catalanes no independentistas. Porque Junqueras y su parroquia, como buenos iluminados, creen ser "los buenos", y algo se vuelve "bueno" o "malo" en función de si quien lo hace los apoya o no

La falta de independencia judicial o la violencia policial existían antes de que afectasen a la causa nacionalista catalana y no se han vuelto más graves por ello. Tristemente. Nos preocupan la deriva autoritaria del Estado, la posibilidad nada lejana de que se puedan ilegalizar partidos políticos o la extrema derecha campando a sus anchas. También una izquierda acomplejada incapaz de salir de la trampa de los discursos identitarios. Sólo Alberto Garzón conserva un mínimo de coherencia para recordar que la izquierda es internacionalista y pelea por la igualdad y el trabajo.

Seamos sinceros. No se puede ser "independentista sin fronteras", eso es una memez. El nacionalismo, por definición, es excluyente y desclasa. No se puede pedir empatía desde la condescendencia y el prejuicio. No se puede pedir empatía partiendo de la base de que el otro admita que su cultura es “peor”. Y resulta difícil ver como mártires de la democracia a diputados de un partido, el PdeCat, que ha votado los peores recortes de la democracia tanto en Madrid como en Barcelona y ha ordenado cargas policiales similares a las del 1-O. O a un político supremacista, Oriol Junqueras, que cree que el resto de España es genéticamente diferente a él

Desde luego es complicado sentir que una organización como Òmnium merece nuestra solidaridad cuando basa su propaganda en insultarnos. Cuando deja claro que la represión de Franco contra nosotros, nuestra solidaridad con Bosnia o los refugiados sirios o nuestras protestas contra la Guerra de Irak valen menos. Porque no somos catalanes. Solo tendríamos su aprobación aculturizándonos, porque nuestra identidad cultural es inferior. Hay que respetar sus sentimientos, pero los del resto no cuentan. No es lo mismo. 

Y si la respuesta es que no es que no cuenten pero que ahora estamos hablando de Cataluña, entonces, ¿por qué tenemos que respaldar una causa que considera que los Derechos Humanos de todos van después que la nació y que el resto de los españoles no somos su problema?

Tenemos deberes que hacer como ciudadanos. Los valores del 15M, si alguna vez sirvieron para algo, se han diluido mientras empeoran los recortes, la desigualdad y una crisis climática que cada vez podemos negar menos. Pero difícilmente va a aglutinarnos en esa lucha -que excede a España, además- el mensaje de que hay grupos diferentes cuyos problemas son más importantes que los de los demás. Porque al resto del Estado nos suena a eso: tenemos los mismos problemas, pero si afectan a Cataluña son más graves, porque somos especiales. Eso puede ser nacionalista y, aunque muchos lo encontremos nocivo y ridículo, puede ser una postura ideológica legítima. Pero no es de izquierdas.

Lo sentimos. No va con nosotros. 

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