Un payaso se mete una pistola en la boca.

Tiene usted hambre y está sentado a la mesa. A un lado del plato hay un cuchillo; al otro lado, un tenedor; y justo en el centro un enorme ñordo. Humeante y cálido. De fondo escucha al presentador del telediario decir que los ñordos son muy nutritivos (como la quinoa, o los insectos o los yogures caducados). Sin embargo usted duda (lógicamente, porque es un ñordo), hasta que comprueba que la portada de su periódico presenta una encuesta que asegura que al 73% de los españoles les gusta cenar ñordos (una costumbre de origen danés, al parecer). Cuando decide, aun con reservas, encomendarse a Dinamarca y llevarse el primer trozo a la boca, se acuerda usted de todos los brócolis y coliflores del mundo. ¡Ja! ¡Fuck you, veganos!

Tras esta broma simplista y escatológica quiero hablar brevemente de Ciudadanos.

Hace un par de años, en una discusión con una amiga sobre el partido de la gente guapa, utilicé la palabra cuñado para referirme a una idea que no tenía que ver con la persona con la que mi hermana decidió compartir su vida. Mi amiga me afeó el término diciendo que se trataba de “una de esas palabras que la izquierda repite para poder justificar su superioridad moral”. Y la verdad es que tenía razón. Desde entonces, cada vez que escucho a alguien usar esa palabra en un contexto parecido a aquella conversación, no puedo evitar pensar que nosotros (esos jóvenes de menos de cuarenta, posiblemente con estudios universitarios, posiblemente con aprietos económicos pero no demasiado) pecamos de un pijerío idiota y soberbio que nos aleja de aquellos por los que decimos pelear cuando vamos a una mani o publicamos un meme súper ácido contra un gobierno corrupto, el capitalismo y los amos malignos del Universo. Para nosotros, que vinimos al mundo sin pecado concebidos, tanto el taxista que echa 12 horas al día en las calles mientras aplaude las gracietas de Tabarnia en la radio, o nuestros padres (que se partieron el culo, quien más quien menos, para que tú pudieras estudiar Periodismo o Química o Geografía y que son fans fatales de Albert Rivera) son ejemplos perfectos de cuñados. Deberían ponernos un pin y darnos una palmadita en la espalda antes de mandarnos a la mierda cada vez que decimos eso.

En aquella discusión con mi amiga, sin embargo, ella usó otra palabra que, si bien resulta igual de idiota que la anterior, tiene un efecto mucho más poderoso y nocivo y ha tomado una fuerza renovada en los últimos años. Hablamos de populismo, nenes. Aquel término que a día de hoy concita todo lo que está mal y que se ha erigido como el epiteto mágico que desarma y destruye a todo el que le acompaña.

M. Rajoy (en este caso la M. es de Mariano) la usó ayer en un discurso frente a los representantes de la Unión Internacional Demócrata, la organización que aglutina a partidos conservadores de centro-derecha de todo el mundo. En aquella cumbre, en la Moncloa, el presidente de un partido que tiene cerca de un millar de cargos imputados en casos de corrupción dijo que “hay que plantarle cara al populismo y al separatismo”. Hubo aplausos después.

Hace unos días, el periodista de El Español Cristian Campos (con el que probablemente me iría de cañas en un momento dado) escribió uno de los artículos más gilipollas que se han podido leer en la prensa nacional en los últimos meses, con permiso de Javier Marías. En sus 40 razones por las que vamos a ganarle la guerra cultural a los populismos bebió del espíritu de Sudáfrica 2010 para sentenciar afirmaciones tan profundas como que ellos (los buenos) tienen “la RAE” y los otros (los populistas) “solo emoticonos”. También opuso, por cierto, a Amancio Ortega (el bueno) con Jaume Roures, lo que es curioso porque los dos son empresarios con poco gusto por el respeto a los derechos laborales y las obligaciones fiscales. A saber qué quería decir Campos con esa comparación.

Los líderes de Ciudadanos, expertos en azuzar el miedo contra los populismos, están empezando recientemente a ser acusados de lo mismo por parte del Partido Popular (en serio, lo llaman “populismo de centro”: es para comérselos), en un ejemplo claro de cómo la invocación de la palabra de marras se emplea en nuestros días como superlativo del insulto político. También la usó recientemente el PNV para hablar de Rivera, a quien comparó con el que en muchas cabezas se perfilaría como el perfecto ejemplo europeo de líder populista, Silvio Berlusconi. Por suerte siempre se puede contar con El País para defender con argumentos ridículos a su vástago naranja.

Pero, entonces, ¿qué (o quiénes) son realmente los populistas?

En un brillante artículo publicado por Revista Anfibia (todas las publicaciones sobre Política y Cultura del universo deberían querer ser Revista Anfibia de mayores), el historiador Ezequiel Adamovsky hacía un repaso a los diferentes usos, tanto retóricos como politológicos, que desde finales del siglo XIX se le ha dado al término populismo. Así, encontramos que desde neonazis hasta keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, anticapitalistas, corruptos o nacionalistas, han sufrido la etiqueta de populistas. Y, si todos ellos son grupos tan dispares entre sí, la conclusión es que “el populismo no existe”.

Citando a Adamovsky: “Populismo nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano”. En definitiva, lo que viene a decir es que populismo es todo aquello contrario a otra expresión muy de moda, y posiblemente poco estudiada: el sentido común, razón de ser de nuestra democracia cool. La de M.Rajoy, Cristian Campos y Albert Rivera, entre otros.

En una torpeza infinita y pedante, Podemos quiso reivindicar para sí el término de populista dándole la connotación positiva de “radicalización de la democracia” que estableció el filósofo Ernesto Laclau. Lo que Podemos probablemente no entendió es que la gente no tiene la más puta idea de quién es ese señor, y al juego marketiniano de la política se gana manchándose las manos de barro y no defendiendo una tesis en el aula magna de la Complu. Todavía recuerdo a mi padre, estupefacto, diciendo “¿has visto que Iglesias se dice a sí mismo populista? ¿es un poco gilipollas eso, no?”.

El propósito de este artículo, que ha empezado con una alegoría extraña con sabor a caca, es el de reivindicar un uso más extensivo aun de populismo, aunque sea hacer trampas: el populismo del sentido común. Aquel que hasta la fecha se ha erigido como el único espacio político que no es populista, luego es sensato y, por tanto, bueno. Aunque implique ahondar en unas políticas que hacen del país el más desigual de la Unión Europea.

El populismo del sentido común es aquel que reivindica en la calle la prisión permanente revisable, a rebufo de un suceso macabro, a pesar de que España ya cuente con uno de los códigos penales más duros del continente.

El populismo del sentido común mantiene en el poder al PSOE de los EREs y al PP de la Gürtel mientras organiza manifestaciones contra el populismo chavista en las que se recogen medicinas que nunca llegarían a Venezuela.

entrevistaencuesta

El populismo del sentido común (¡ay!) se nutre a sí mismo de encuestas cocinadas por medios afines en los que se les dice a la gente qué es lo “normal” en términos democráticos, en un perverso y efectivo ejercicio de autolegitimación. Aunque de ello se sirva para aplicar políticas y discursos que son de todo menos normales y democráticos.

El populismo del sentido común dice que la televisión catalana incita al odio mientras hace oídos sordos a las decenas de denuncias por manipulación y censura que recibe Televisión Española. Por cierto que esa misma cadena, con motivo del cumpleaños de Felipe VI, sacó a un niño con síndrome de down diciendo que el Rey es “bueno” y “apañao”. Estoy seguro de que Torbe ha rodado escenas menos guarras que eso.

No llame a sus vecinos cuñados. Dígales populistas. Quizás así se acaben dando cuenta, por gracia de una palabra tan infame, de que comer (o votar) mierda es una locura.

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