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- Todo es mentira. Los antidisturbios son mentira.

Lo grita en la calle de la Esperanza una chica que pasea junto con tres amigos con los que no suma la edad para jubilarse en España. Acaban de huir de uno de los amagos de cargas policiales que llevan un rato produciéndose cerca de la Plaza de Lavapiés. Gente que corre y se detiene para volver a caminar a paso tranquilo, de vuelta al lugar del que huían. Todo en esta noche cumple la misma pauta de violencia y simulacro, de impostura. De comerciantes blangladesíes fumando un piti en la puerta de sus locales con la persiana metálica a medio echar, mientras observan el contenedor ardiendo que a pocos metros ha plantado un grupo de manifestantes a modo de barricada de saldo. De turistas con cara de terror arrastrando sus maletas de ruedas sobre un montón de ceniza y basura quemada.

- ¡Oh, my god!

Es poco antes de las 22.00 y algunos restaurantes hindúes de calle Lavapiés con calle Caravaca aún están abiertos. Echan la persiana con los clientes dentro cuando un grupo de manifestantes –mitad manteros subsaharianos, mitad españoles que en 2015 no tenían edad para votar a Carmena– empieza a montar pequeñas barricadas con contenedores. Sacan la basura, la desparraman, vuelcan los cubos y los colocan en círculo. Luego prenden fuego. El dueño de un locutorio y un par de amigos hacen fotos con el móvil.

- ¡No queméis las cosas, que son de todos! –les gritan desde un balcón.
- ¿Cuánto pagas de alquiler? ¡Yo ya no puedo vivir aquí! –les responde uno de los chavales.

Los jóvenes españoles, que se gritan “sigamos juntos, cuidémonos” cuando uno se separa, van con capuchas y pañuelos cuando se acerca a un contenedor de la calle Caravaca, al final de la cual se escuchan disparos de pelotas de goma. Algunos subsaharianos se tapan la cara, pero otros la llevan descubierta.

Aparecen dos vecinos, cuarentones largos, con un carrito de la compra y bolsas. Apartan los contenedores de una minibarracada y reprochan a los manifestantes los fuegos.

- ¡Que aquí viven familias, vive gente! ¡Ellos no tiene la culpa!
- ¡Ha muerto una persona! –responde una chica.
- ¡Pero hay formas de protestar!
- ¡Pero no de que nos hagan caso!

En la misma Caravaca, donde se levantan varios fuegos parecidos, Cristina la portera habla con su amiga de todo lo que está pasando en el barrio. Minutos antes esta última había increpado a un africano por quemar el contenedor del edificio.

- Me llamó racista. ¡A mí, que estoy casada con un marroquí!

Escribir una crónica como esta (otra impostura) obviando el trasfondo racial de Lavapiés es imposible. En un barrio con cerca de un centenar de nacionalidades el acento y el color de la piel importan; o al menos sus habitantes creen que importa, y eso viene a ser lo mismo. Desde luego importó que el mantero que murió de un paro cardiaco en brazos de un policía unas horas antes fuese negro. Probablemente también que fuese pobre, que casi también viene a ser lo mismo.

- ¡Asesinos, asesinos!

Lo gritan desde todos lados, principalmente blancos. Los negros solo se mueven nerviosos de un lado a otro, susurrándose secretos de revolución en grupitos de tres o cuatro, en cada esquina. Un movimiento. Un nuevo incendio. Una carga.

En la plaza de Lavapiés la rabia se ceba contra los símbolos del capital, pero el daño salpica para todas partes. La oficina de La Caixa arde entre gritos de venganza que no comparten los vecinos del mismo edificio, que acaban de ser desalojados por miedo al humo. Uno de ellos, furioso, intenta sofocar el fuego con un extintor, sin éxito. Un cartel publicitario de la entidad bancaria, “Preparados, listos, NOW”, queda hecho añicos un rato después por el hacha de un bombero, ante la cámara de varios teléfonos móviles de una familia árabe que graba la escena.

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- Amigos, ¿marihuana?
- No, gracias.
- ¿Coca, entonces?

Arden los bancos y los camellos del parquecito infantil siguen ofreciendo su producto a los cientos de viandantes que corren de un lado para otro. No así el Carrefour 24 Horas, cerrado a cal y canto desde casi el inicio de la violencia.

lavap1A unos metros de allí la cara de Cristiano Ronaldo, quebrada en el cristal de la casa de apuestas, contempla este microensayo del fin del mundo, y si pudiera hablar le contaría a la policía si quienes han destrozado por completo la parada de autobús de enfrente han sido negros o uno de los muchos grupitos de blanquitos encapuchados que se dedica a cargarse todo lo que puede.

- Joder, tío, vienen del barrio de Salamanca esos niños. Vienen de allí, los hijos de papi, a dar por culo. Vienen de allí. Con Marx, con la revolución. Pero este no es su barrio.

En calle Olivar algunos bares de copas van a echar la persiana y tener encerrados a los clientes habituales casi una hora. Comentarán que un coche se está quemando, aunque el resultado sean solo lunas rotas. Dos manteros se encaran con un tipo que hace una foto.

- No puedes grabarnos. No puedes grabarnos.

Una vecina grita desde su balcón.

- ¡Si la policía nunca viene! ¡Están compinchados con ellos!

Se escuchan nuevas cargas, desde alguna parte, y el disparo de pelotas de goma. Un matrimonio con un carrito de bebé se apresura a dejar atrás un contenedor ardiendo en la calle de la Fe mientras le tapa la nariz a su hijo. El barrio entero huele a plástico quemado.

- En Alemania o Francia esto no pasaría. Allí la policía da hostias de verdad, se lo toman en serio, y la gente por eso no sale a protestar. Porque sabe lo que hay. Cuando yo vivía allí, hace muchos años, me crujieron a palos.
- ¿Por manifestarse?
- No, por beber en la calle. No veas cómo me pusieron.

Lo dice casi con respeto, reconociendo la profesionalidad del gendarme alemán. No como estos policías españoles, que si te dan la hostia te piden antes por favor. Aunque no todos. En la calle Magdalena, a pocos metros de Tirso de Molina, uno de ellos se jacta ante tres compañeros de cómo ha reventado a hostias a un negro un rato antes (y sí, esto es una acusación grave y sin pruebas, pero lo dijiste, riéndote, panzudo hijo de puta de barba blanca, frente a la puerta abierta de tu lechera aparcada, dejando que los viandantes que pasaran por tu lado alimentaran al escucharte un odio injusto por la Policía).

Pero la madera no es la única que reparte en la noche en que Lavapiés juega a la guerra. El dueño de un local de Heavy Metal en la calle con el nombre del barrio pone cervezas mientras cuenta que un africano ha estado a punto de partirle la cabeza con una botella. Suena de fondo la versión dura que Motorhead le hace a Heroes, de David Bowie (una canción que habla sobre el amor y la valentía en tiempos de violencia y que en realidad fue inspirada por la infidelidad conyugal de un colega del Camaleón del Rock. Una impostura más.).

- Imagínate, yo logré detener el botellazo, pero al chico de la pizzería de aquí al lado los negros le han llegado a dar fuerte. Tío, qué les pasa, ¿no se dan cuenta de que somos working class?

lavap2Working class. Bancos que arden mientras los banqueros duermen en sus casas de barrios ricos, locales con hipoteca destrozados por antisistemas de segundo de bachiller en colegios privados y un mantero muerto tirado en la calle tras una persecución policial. Working Class, motherfuckers.

Sorprendentemente, el epicentro de la tragedia, la calle donde falleció Mame Mbaye es, a las una de la madrugada, la más tranquila de Lavapiés. Unas velas puestas en el suelo marcan el lugar de su muerte a modo de recuerdo. ¿Le hizo algo la policía para que acabara sufriendo un infarto, o simplemente se desplomó por el terror y los apuros de la carrera? Y, si fuera esto último, ¿sería menos injusto?.

- Los vecinos se quejan de que estén destrozando el barrio, pero joder, ¡es que ha muerto un ser humano! ¿Qué es más importante?

Más o menos con las mismas palabras, la pregunta se repite en los bares de Santa Isabel y alrededores, que ajenos al desastre ejercen su papel de trinchera intelectual de copazo y pinchos.

 - ¿Qué dirán mañana los medios de esto?
- Seguro que se criminalizará aun más a los negros.
- Imagínate, después de lo del niño ese de Almería.

Hay otro mantra que sobrevuela por las calles de un barrio destrozado en el que blancos, negros, indios, árabes y latinoamericanos recelan unos de otros o conspiran juntos contra las hostias de la policía.

- ¿Cuánto bajarán los alquileres de airbnb después de esto?

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