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¿Cómo murió Mame Mbaye? Bueno, ¿qué más da?

La Plaza Nelson Mandela de Lavapiés fue epicentro de las protestas del 15 de marzo y vivió un 16 de marzo esquizofrénico. Por la mañana, la visita del embajador de Senegal al barrio para reunirse con el Sindicato de Manteros y las asociaciones de inmigrantes de su país acabó dando lugar a nuevos disturbios, carga policial incluida. Durante la tarde y a primera hora de la noche, por el contrario, la plaza fue testigo de la concentración pacífica en protesta por la muerte de Mame Mbaye y, más tarde, de una asamblea

El viernes 16 fue un día de confusión y nervios en el barrio madrileño de Lavapiés, en el que algún tendero bangladesí amanecía comentando a los vecinos en el ascensor que no entendía por qué su tienda casi sale ardiendo si él lamentaba la muerte de Mbaye como uno más. En parte la tensión la pagó la prensa, aunque no será aquí donde neguemos que, según el día, esta profesión se lo gana a pulso. Una reportera de televisión entrevistaba a un vecino que afirmaba haber visto como Mbaye cayó desplomado sin intervención policial. Una activista lo interrumpía: “No puedes decir eso, porque estás dando la impresión de que hay versiones, y la única versión que hay aquí es la brutal represión policial. Si sacáis eso por la televisión dais la impresión de que la culpa es de las víctimas”.

Lo cierto es que la lógica de la investigación acabó desvelando el día de ayer que Mame Mbaye no estaba siendo perseguido por la Policía cuando murió. Es la versión oficial, es verosímil y está soportada por pruebas, y que sea necesario aclarar esto indica el nivel de desconfianza en las instituciones que reina en ciertos sectores del barrio.

Sin embargo, ¿qué más da?

Las protestas del 15 de marzo, los sentimientos encontrados del 16, no son solo por la muerte de Mbaye. Un hombre de 35 años que llevaba 14 en Madrid, es decir, toda su vida adulta, sin conseguir regularizarse y viviendo de la venta ambulante en el límite de la legalidad. El País titulaba su obituario: “Mame Mbaye, el mantero que odiaba ser mantero”. ¿Pero es que alguien disfruta de esa clase de trabajo?

En la asamblea posterior a la manifestación de la Plaza Nelson Mandela, mientras los reporteros de televisión grababan el último informe para los telediarios de la noche y cuando la mayoría de los asistentes a la marcha había abandonado el lugar, otro mantero se dirigía a los allí presentes al grito de: “Ninguna persona debería depender de vender un bolso en la calle para ganar dos euros de miseria. Otros lo tienen todo pero hay personas que venden perfume en la calle como Mame por dos o tres euros. Eso es violencia. Eso es injusto”.

¿Qué más da cómo murió Mame Mbaye? ¿Qué importa que desde determinados foros, los de siempre, se afirme que los radicales “aprovecharon” su muerte o que se ha “manipulado” por determinados intereses? El Ayuntamiento de Madrid lo gobierna una coalición de izquierdas y ha negado la persecución desde el primer momento. No hay ninguna mano negra detrás: los vecinos inmigrantes vieron a un negro en el suelo con dos policías participando en la reanimación y sabían de la carrera reciente en Sol. Ataron cabos. Les pareció posible. Y el bulo, la posverdad, la paranoia, como los queramos llamar, crecieron solos. Porque se pueden discutir los detalles de la muerte de Mame, pero el malestar que ha hecho cristalizar no. Que sea injusto y demagógico criminalizar a toda la Policía no niega todo esto. No puede negar algunos usos injustificables de la fuerza.

El malestar de Lavapiés es real.

La pobreza y el racismo que sufrió Mbaye y que sienten sus compañeros son reales, y la primera agudiza el segundo. Todas las discusiones entre vecinos de toda la vida, los últimos gatos-gatos de la manolería de Lavapiés, y sus nuevos –“nuevos” en algunos caso desde hace décadas– vecinos senegaleses tenían una cosa en común: a todos ellos el barrio los está expulsando. Unos y otros podrán pelearse a voces en la puerta de un bar y rodeados de cámaras sobre si Mame se desmayó andando con amigos o huyendo de la Policía, pero sus alquileres seguirán subiendo y sus bares de toda la vida siendo sustituidos por restaurantes a la moda que anuncian brunchs y guardan 7 especias diferentes para echar al gintonic. Sus vidas seguirán siendo precarias.

El momento de mayor tensión vivido en la marcha de protesta de la tarde de ayer fue cuando, en la calle de Lavapiés, tras recorrer la Plaza y de regreso a Nelson Mandela, la manifestación tuvo que rodear un furgón policial de las UIP. Se saldó sin más incidentes que insultos a los agentes y algún golpe al vehículo, pero tuvo como testigos a dos familias de turistas, con sus carritos y sus maletitas de ruedas con el tamaño justo para la compañía de vuelo low-cost, atrapadas en la marabunta mientras buscaban las dirección de sus AirBnb.

¿Qué más da cómo murió Mame Mbaye? El herido del famoso vídeo grabado en la Plaza Arturo Barea, que fue golpeado sin haber opuesto resistencia al avance policial, está hospitalizado por ser pobre y por ser negro. Si se confirma la segunda muerte de un senegalés en Lavapiés, aunque el golpe lo recibiese por parte de la piedra de otro manifestante, las causas últimas de ese fallecimiento serían las mismas. Como las de Mame. Los discursos racistas y xenófobos que han aflorado a raíz de su caso o el caso Gabriel permanecerían latentes.

[Actualización: La tarde del domingo se confirmó la muerte de un segundo hombre de nacionalidad senegalesa en Lavapiés durante el 15 de marzo. Ousseynou Mbaye, de 53 años, murió por un ictus a la misma hora que comenzaban los disturbios, y no por un golpe en la cabeza durante los mismos, al contrario de lo que se afirmó en un primer momento]

¿Qué más da cómo murió? La rabia de Lavapiés existiría igualmente. De manteros contra policías, de vecinos contra inmigrantes que venden droga al menudeo bajo sus balcones, de –muy– jóvenes okupas contra vecinos castizos de toda la vida a los que perciben más preocupados por el mobiliario público que por vidas ajenas. Mientras tanto, la presión de la gentrificación sigue avanzando, encarece los alquileres y el nivel de vida de todos, y el barrio pierde cohesión social, negocios tradicionales y memoria.

Esos problemas del barrio seguirán existiendo tanto si se llama “radicales” a los casi menores de edad que encendían barricadas como si preferimos calificarlos de activistas. Ponerle un nombre u otro igual indica el tipo de soluciones que se quieren encontrar, pero la situación de Lavapiés, el barrio de la manolería madrileña, de las huelgas de las cigarreras y del bandolero Luis Candelas, ya está sobre la mesa.

No es solo multiculturalidad, a la que es ridículo culpar en un vecindario repleto de parejas mixtas de todo tipo en el que 7 nacionalidades pueden coincidir en la cola del pan y discutir de fútbol. Es ricos contra pobres. La presión de la especulación, los traslados de las rentas altas a una zona ‘de moda’ y la burbuja del turismo contra la vida en comunidad del barrio. Ese debate no puede ir sobre la circunstancias de una muerte que podríamos llamar accidental. Va sobre la sociedad que queremos ser y a quién incluye este plural. Sí, como se dijo en la concentración en Nelson Mandela, Mame somos todos.

¿Qué más da cómo murió Mame Mbaye? Es una desgracia, era una persona joven. Que murió por ser pobre. Y un barrio arde por él.

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