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Solo conozco dos chistes sobre Franco. Uno de ellos tiene su origen en el acercamiento del régimen a Estados Unidos en los cincuenta. El chiste planteaba la pregunta: “¿Qué tiene pequeño Franco, largo Eisenhower y el Papa no lo usa?”. Y, después de unos segundos de vacilación, se explicaba: “el apellido”. La gracia del chiste, de una aparente inocencia parvularia, es que, durante los segundos que separan la pregunta de la respuesta, el interlocutor se imagina, inevitablemente, el pito de Franco.

Piénselo.

El pito de Franco.

Un pito de palidez ferrolana y sobrio gesto escurialense, adusto como una sentencia del Santo Oficio que, aun de levi, se impone con rigidez dominica y suena más a maitines que a laudes. Un pene, en fin, español y conventual, con bigotito que subraya los vítores del glorioso alzamiento, con más yugo que flecha. Que tararea a Pemán aunque se derrumbe en el Alcázar.

¿Y qué decir de los testículos del Caudillo? Si como sostienen historiadores y periodistas, el finado en cuestión era ciclán (que es una manera más sofisticada y homérica de llamar a un huevicojo), entonces en la imaginación de esa pobre víctima del humor post Plan Marshall aparecerá una blanca patena y todo en la boca le sabrá a ostia y misa de doce.

meme1En definitiva, la verdadera grandeza de la broma (la del chiste, en este caso), es que en pleno corazón del franquismo uno podía aludir al miembro caudillesco sin mencionarlo directamente. Y esa alusión, en tanto que de cómico tiene la representación aislada y descontextualizada de una polla (sea ésta nacionalcatólica, contrarrevolucionaria o estalinista), corroía la piedra del pedestal y reducía al absurdo y a lo mínimo la figura del dictador: Durante esos segundos, el otrora salvador de la patria era, en realidad, un pito pequeño.

En las casi cuatro décadas que han pasado desde su muerte, sin embargo, ese pito ridículo y metafórico ha estado en pocas bocas. En la España cool y wannabe sin vencedores ni vencidos de la Democracia ha oscilado más entre la admiración y el asco, y de las ladillas que lo han acompañado no muchas habitaron los burdeles del humor. Ha habido, sin embargo, excepciones.

En 1981, desde un bar de La Latina, un joven Joaquín Sabina proclamaba, entre chinchín y chinchín, lo que al menos media España tenía en la cabeza: que mil años tardó en morirse, pero por fin la palmó. La canción, incluida en el disco de La Mandrágora, tuvo un punto de catarsis que desentonaba con el ritmo átono de una transición, por lo demás, demasiado seria. Y sí, luego vendría la movida y las drogas y la teta de Susana Estrada y el Viva el Mal de la Bruja Avería; pero la fiesta se celebró, en buena medida, a espaldas de una lápida en la que pocos tuvieron ganas o valor de escribir con espray siquiera que tenía el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel. Una lápida a la que todavía demasiados viudos y beatas le llevaban flores y lustraban los domingos por la tarde.

Y tras el desfase llegó la resaca de los noventa, con un socialismo desgastado por la corrupción, ETA escribiendo necrológicas todas las semanas y una crisis mundial económica que nos recordó que el Fin de la Historia no era tan guay en realidad. A esa España postadolescente que potaba en la alfombra del salón y la cabeza le daba más vueltas que el tanga de las Mama Chicho no le quedaba ánimo ninguno para burlarse de aquel hombrecito entrañable que inauguraba pantanos y al que, encima, le dio tiempo de crear la Seguridad Social (¿o no?).

Pero como Valle-Inclàn vive, la lucha sigue, hubo alguno que lo hizo. Fue, entre algún otro, el caso de Francisco Rigueiro y su inclasificable película Madregilda (1993), en la que el Franco de Juan Echanove acababa diluyéndose, felizmente, en la solución del absurdo.


Rosa López y David Bisbal, pensando en el asesinato de Calvo Sotelo mientras interpretan "Vivir lo nuestro".
Rosa y Bisbal Vivir lo nuestro

La España de los primeros años del milenio no fue mucho más divertida (aunque eso si, iba bien). Junto a la burbuja del ladrillo había también otra burbuja de lo aséptico, y ningún recuerdo incómodo en forma de chiste tenía capacidad alguna de contagiar ese optimismo naíf, bobo y pijo con el que tres cuartos del país se sentaba a la cena para ver a Bisbal y Chenoa representando en la televisón pública los valores del PP. Por lo demás, tampoco ha lugar la burla a la memoria del dictador cuando tenemos a la morisma a punto de invadirnos (aunque sólo fuese un peñasco lleno de cabras en mitad de la nada, pero qué coño, España somos todos), vamos arreglando aquello del Frente de Liberación Vasco y buscamos armas de destrucción masiva al tiempo que perfeccionamos nuestro acento tejano. Roma locuta, causa finita. Y Roma, al fin y al cabo, siempre le tuvo simpatía al difunto.

Con el cambio de Gobierno, sin embargo, se dejó paso al recuerdo, pero no al humor. El humor se quedó ladrando en la calle bajo la lluvia, y al recuerdo lo sentaron en una butaca cómoda de escay negro, le pusieron delantal y le dieron un buen corte de pelo. Guapísimo quedó, el puñetero.

No hubo entonces un sólo cine que no proyectara en alguna de sus salas una película de la Guerra Civil y ningún catálogo de novedades editoriales que no repasara las atrocidades de aquel desastre. Eso sí, en el reflejo de celuloide sobre las aureolas amarronadas de la Verdú el pene de Franco aparecía siempre terrible y monstruoso. Era Nacho Vidal con látigo de cuero recordándote el lunes por la mañana lo que pasó la noche del sábado en que bebiste tanto que tuviste cuarenta años de amnesia post etílica. Y ahora no te puedes sentar, claro, y eso definitivamente no tiene nada de gracioso.

En esa legítima y necesaria reivindicación de la memoria nos armamos de palas, y con ellas no sólo pretendimos rescatar los huesos amuescados de la madre patria. También, furiosos y muy serios, las agitamos sobre nuestras cabezas para ahuyentar al fantasma de un Generalísimo que (nadie se daba cuenta) había muerto mejor en las pelis de Berlanga que en las de Roberto Bodegas.

 

En definitiva, a ese cuerpo desenterrado y putrefacto podíamos profanarlo o embalsamarlo, y elegimos lo segundo. Cierto es que acabando la década todavía nos quedaban escrúpulos, guantes de látex y formol.

Después nos los robaron, junto con todo lo demás.

Quizás de las cosas que hemos perdido en los últimos años, junto con el estado del bienestar y la dignidad soberana, haya sido la capacidad de asombro la que deja un vacío más grande. Y quizás sea, en ese horror vacui tan español, donde por fin consigamos redimirnos de la sombra de un pene demasiado invicto de la burla. Porque en unos años donde la infamia se dispara en andanadas como metralletas de ostias llenando portadas de periódicos y nada de lo que creíamos que éramos parece tener ya sentido, empezamos a volver al origen de todo: Hay que bajarle los pantalones al abuelo.

La verdadera segunda transición probablemente no sea un señor con coleta diciendo cosas muy parecidas de lo que hace cuarenta años cacareaba otro señor con chaqueta de pana que ahora se ha convertido, en una suerte de mutatis mutandis del poder y de lo sórdido, en una abuela asiática con mala leche y síndrome de la menopausia. Puede que tenga mucho más que ver con los varios millones de resultados en Google que arroja la búsqueda “Memes de Franco”.

O con que la condena a una chica de 21 años por publicar unos chistes sobre Carrero Blanco en tuiter acabe consagrando al almirante y mano derecha del Generalísimo como objeto de miles de burlas en Internet por los siglos de los siglos, amén.

O con que un grupo de amigos después de una borrachera decidiera iniciar una campaña de crowdfunding para financiar Las aventuras de Baltasar y Franco, un cómic en el que se relatan las peripecias del Rey Mago y su inseparable amigo Francisco (y que viene a ser la versión patria de Jake el Perro y Finn el Humano, pero con más sicodelia).

 

O con que un tipo con un grupo llamada Ojete Calor (Carlos Areces, we love you) haya acabado desgarrando a mordiscos la mano de un Caudillo que da más pena que gloria (Balada Triste de Trompeta, 2010); o se haya puesto directamente su ropa para legalizar el bikini en Benidorm (Bikini, 2014) o ser humillado por Penélope Cruz en la última de Trueba (La Reina de España, 2016).

camiseta francoO con el Ministerio del Tiempo y ese monigote cateto y acomplejado (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia) que interpretaba Pep Mirás en el tercer episodio de la serie.

O con la camiseta hipster con la cara del Generalísimo que se puso un futbolista portugués en una rueda de prensa sin tener la más puta idea de lo que hacía.

Por seguir con el fútbol, a Franco no lo mató esta España de la reconciliación y la hoja en blanco: se murió en un siete a cero para los locales y justo antes del pitido final. Esta supuesta segunda transición tendrá que ver, sobre todo, con el partido de vuelta, que quizás deba jugarse antes en las ficciones que en los Parlamentos.

¿Y el árbitro? Un hijoputa, como siempre.

Decía un amigo que cuando su suegra le regaló una taza con la cara del Che grabada podía imaginarse al guerrillero, aterrorizado, mirando hacia arriba cada vez que su novia echaba Coca-Cola. Al Guevara lo mató Alberto Díaz con aquella foto y no el soldado boliviano que apretó el gatillo. Porque la muerte de verdad no es la que te quita la vida, sino la que pone tu cara en la camiseta de algún gilipollas de la casa de Gran Hermano.

Y, llegados a este punto del partido, se hace imperativo cargarse a Franco. Piénselo, las posibilidades historicidas son ilimitadas: si Queipo de Llano lo llamaba “La Culona, hagamos pantys de tallas grandes con su rostro, guiñando en su versión más socarrona e íntima.

Los domingos por la mañana, fiestas raves con muchas pastis y desfase en el Valle de los Caídos. ¿Por qué derrumbarlo? Es grandote y la acústica debe ser la ostia, y a fin de cuentas también forma parte de nuestro patrimonio. Lo de Madrid Arena no hubiera pasado de una celebración de cumpleaños del Macdonal en un recinto de semejantes proporciones y equipamiento.

Películas, camisetas, memes, libros, cómics... matemos nosotros al Caudillo con el único arma que a estas alturas es capaz de alcanzarle. Pintémosle los labios a las estatuas que le quedan y hagamos de él un icono pop de la nueva España. Celebremos bodas gays los 20 de noviembre y Jugueteemos con ese pito fláccido para que nunca más se erija fuerte desde el miedo o desde el odio. Toquémosle los cojones a su memoria.

Y después pasemos a otro chiste.

Por cierto, el otro que conozco sobre el Generalísimo lo sitúa, enfermo y moribundo, en su dormitorio del Pardo, con su esposa estrechándole la mano a los pies del lecho. De repente llega desde fuera un tumulto.

 

- ¿Qué es eso que se escucha, Carmen?
- Es España, amor mío, que despide a su Caudillo.
- ¿Y a dónde coño va España?

 

Pues eso. A dónde.


Por cierto, te proponemos un juego: ¿Qué tipo de Franco serías en World Pride 2017?

 

 

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