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Terry Bollea, a.k.a. Hulk Hogan, demanda a Gawker Media por publicar parte de un sextape donde la vieja estrella de la WWE mantiene relaciones con la esposa de un amigo. Un magnate despechado que no olvida cómo el medio en cuestión sacó a la luz parte de su intimidad se ofrece a pagarle a Hogan los costes del proceso judicial.

Corte a:

Las Vegas, Nevada. Los trabajadores del diario más importante del estado tienen que llevar adelante una investigación para saber quién está detrás de la adquisición del medio para el que trabajan.

Corte a:

Donald Trump, enemigo de los medios.

Con todos estos ingredientes, Brian Knappenberger articuló un relato fílmico al que puso por nombre Nobody speak: trials of the free press, documental producido por Netflix, en el que el foco de atención recae en cómo el periodismo puede ser una profesión incómoda para las grandes fortunas.

Vayamos por partes.

Un gigante vapuleado y un titán que lo ayudó

Cuando una celebridad pasada de moda se convierte en carne de reality show, la alarma de la decadencia se enciende y se sabe que la caída en desgracia es inminente.

Los años dorados de Terry Bollea interpretando a su alter ego Hulk Hogan sobre los cuadriláteros de la WWE ya habían pasado cuando, en 2005, la cadena VH1 sacó al aire Hogan knows best, reality protagonizado por el luchador y su familia. Pero a este personaje mediático aun le quedaba margen para tocar fondo: en 2012, el medio digital Gawker iba a publicar parcialmente un sextape en el que es protagonista junto a la esposa de su amigo, Bubba the Sponge Love.

Celebridad + decadencia + escándalo + Estados Unidos = juicio.

A esta ecuación hay que sumarle una expresión: Peter Thiel. Millonario, fundador de PayPal y uno de los primeros inversores de Facebook, Thiel no tardó en ofrecerse a costear los gastos del proceso a Bollea, ya que arrastraba una disputa personal con Gawker por haber expuesto su orientación sexual.

Este primer tramo del documental que abarca casi una hora se construye, principalmente, a partir de entrevistas a ambas partes implicadas, aunque es justo decir que los ex miembros de Gawker tienen más participación que los defensores de Bollea. Apenas hay lugar para plantear el debate sobre el interés periodístico de un video en el que una celebridad mantiene relaciones sexuales en su intimidad. Consultado sobre esto durante el juicio, A.J. Daulerio, editor de Gawker, aseguró que no publicaría un sextape sólo si estuviera protagonizado por un menor de cuatro años. Vale destacar que, más adelante en el juicio, Daulerio matizó sus palabras asegurando que había sido sarcástico al asegurar esto, pero este extracto no sale en el film de Knappenberger.

El diario que se investigó a sí mismo

Los periodistas del Review Journal de Las Vegas, considerado el diario más grande del estado de Nevada, se quedaron perplejos al ver que se les anunciaba la adquisición del medio por parte de una nueva administración a la que se les complicaba ponerle cara. No obstante, su olfato de watchdogs los llevó hacia la pista correcta: Sheldon Adelson, magnate del juego y propietario de varios casinos en la ciudad del pecado y otras partes del mundo.

Los trabajadores del Review Journal, en plan suicida, decidieron publicar en el propio diario la oscura compra del medio por parte de Adelson y la muy poco transparente comunicación que mantuvo la nueva administración con sus periodistas cuando se concretó el traspaso de manos.

Para este tramo del film, Knappenberger ha prescindido de las dos campanas y solo da voz a los (ex) trabajadores del medio. En cambio, retrata a Adelson a partir de material de archivo y, principalmente, a partir de John Smith, autor del libro “Sharks in the desert”, que relata la historia de los padres fundadores de Las Vegas.

Un dato que no es menor: Smith fue columnista del Review Journal durante casi cuatro décadas hasta que la administración de Adelson le prohibió volver a mencionar el nombre del magnate.

El villano favorito

Sobre el final del documental, vuelven a confluir diversas expresiones en una ecuación que solo puede dar un resultado. Magnate + ira contra los medios + poder + Estados Unidos = Trump.

El último tramo de Nobody speak no puede escapar a ponerle cara al mal que encarnan los magnates resentidos contra el mundo del periodismo: Donald J. Trump y su verborrea que se retratan solos, a través de extractos audiovisuales de la campaña presidencial donde, en conferencias y mítines, el 45º presidente de los Estados Unidos se despachó sin filtro alguno sobre las prácticas que él considera poco éticas de los periodistas y medios de comunicación.

Knappeenberger tomó el testigo de Trump para terminar de articular un relato que pone el grito en el cielo sobre lo amenazada que está la libertad de prensa en la industria del periodismo estadounidense cuando los personajes sobre los que hay que informar son los que manejan las riendas de los propios medios e inclusive del gobierno.

Matar al mensajero

Nobody speak es un documental donde el eje del relato son las consecuencias a las que se tienen que atener los medios de comunicación cuando se meten con los grandes poderes. Pero lo hace de una forma desbalanceada y desestructurada: son 60 minutos del juicio Bollea v. Gawker; unos 25 del conflicto de los trabajadores del Review Journal con Adelson y menos de diez sobre el oscuro panorama al que se enfrentan los medios estadounidenses con la elección de Trump como presidente.

La ausencia de balance entre las partes no se expresa solo a partir de la duración que tienen en pantalla, sino del escaso interés del relato por profundizar en cuestiones propias de la profesión del  periodista que son las que llevaron a Gawker a enfrentar su fin.

Mientras Nobody speak resalta una y otra vez la sed de venganza de Thiel contra Gawker por exponer su condición de homosexual, apenas ofrece espacio para plantear si tienen interés periodístico un sextape de una celebridad o la orientación sexual de un magnate. Los escasos argumentos que brinda el documental al respecto son el anteriormente mencionado comentario sarcástico de Daulerio durante el juicio y, en referencia a si tienen valor noticioso la homosexualidad de un millonario, Nick Denton, fundador del Gawker, se limita a responder que él es gay.

Así que luego de una hora de presentar muy parcialmente todos los actores implicados en el juicio Bollea v. Gawker, el documental salta, sin escala previa, al desierto de Nevada para exponer un conflicto en el cual el denominador común es el villano de los medios, pese a que las motivaciones y desarrollo del litigio son bien diferentes.

El broche de oro lo pone el enemigo de todos y el gen del mal, Donald Trump, pero hay que decir que a este desenlace Nobody speak llega en piloto automático y es previsible que su epílogo será una retahíla de planos del presidente estadounidense hablando pestes de los informadores.

Así que, pese a las claras (y loables) intenciones de Knappenberger de denunciar las presiones y escollos que tienen que superar los medios para poder informar sobre los grandes poderes, el resultado puede llegar a ser bastante contraproducente para la causa del director si se toman en consideración las cuestiones centrales que el documental decide evitar durante su primera hora de duración.

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