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Un héroe en la vida real es una casualidad, una circunstancia, un tipo o una tipa que hizo lo que hacía falta en un momento dado y al que luego otros sacan de contexto y le dan púrpura por sus propios intereses. Un héroe de ficción no, un héroe de ficción es un mensaje con un propósito, y ninguna de sus acciones es porque sí.

El Ministerio del Tiempo (2015-), de los hermanos Pablo y Javier Olivares y Anaïs Schaaf o Marc Vigil, entre otros, es una de las pocas ficciones españolas de la actualidad que intenta presentar un relato de país integrador que utiliza el pasado para proyectar un futuro sin complejos. Y el héroe que encarna esos valores es Alonso de Entrerríos, soldado de los tercios de Flandes, Cid Campeador y último de Filipinas.

Las críticas al Ministerio del Tiempo por detalles históricos concretos son lo de menos porque la serie no trata sobre la Historia de España en sí sino sobre nuestra percepción de la misma y cómo ayuda a construirnos como personas y como sociedad. La serie es POP autoconsciente: sabe que hace POP y lo goza sin complejos, pero también conoce el impacto cultural y político de su propio discurso.

Alonso de Entrerríos, encarnado por el actor Nacho Fresneda –hasta ahora mucho más conocido en Cataluña por sus apariciones en ficciones de TV3– es un soldado de los Tercios de Flandes traído desde el año 1569 a nuestro tiempo para ser el músculo de una patrulla de agentes del tiempo del Ministerio de 2015. A las órdenes de Amelia Folch –la ficticia primera mujer universitaria de la Historia de España– y con el enfermero Julián Martínez y el detective Pacino como compañeros, Alonso ha aprendido a enfrentarse a sus propios prejuicios

La tercera temporada ha vivido un momento clave en el desarrollo del personaje, que suele producirse más en off que el de sus compañeros. En la visita a América de los personajes, Alonso se encuentra con su abuelo, un tipo cruel, violento e irresponsable, completamente opuesto al héroe que le pintase su padre cuando era niño. El final del capítulo presenta al viejo soldado rememorando dichas historias, con amargura por la verdad pero cariño por el padre que necesitó inventar un abuelo más noble, tanto para que los valores del mismo hiciesen a Alonso crecer como un hombre mejor como, probablemente, por sí mismo.

La situación no dista mucha de la que vivió en la segunda temporada Pacino, el detective de cine quinqui que encarna Hugo Silva. Consigue cambiar el pasado y salvar la vida de su padre, sólo para tener que enfrentarse al pasado Franquista de este. Pero, en lugar de condenarlo, aunque acepta la herencia a sus espaldas como policía de la Dictadura, decide ayudarlo a redimirse y adaptarse a un mundo nuevo donde existe el divorcio y el Rayo puede jugar en Primera. Nosotros somos Alonso o Julián enfrentándonos sin complejos a esos aspectos del pasado de España que pueden no gustarnos pero cuya verdad debemos asumir con un relato que no nos avergüence.

En el discurso de la serie, si Julián o Pacino son el españolito medio –te guarde Dios– y Amelia es la intelectualidad y la esperanza de un futuro mejor, Alonso es el sentido de nobleza y justicia del carácter español. Que derrote a un Felipe II que representa a Franco y que ayude a detener un desahucio enfrentándose a media docena de antidisturbios no es casualidad.

El propio Javier Olivares ha admitido que el modelo de Alonso es el Soldado español de veinte siglos de la novela homónima de José Gómez de Arteche. No deja de tener su gracia que, en el capítulo 9 –2x01 si uno quiere notación anglosajona–, sustituya al Cid tomando su armadura para que pueda ganar su célebre batalla después de muerto: si Alonso es todos los españoles capaces de sobreponerse a sus prejuicios y extraer de nuestra Historia los valores positivos que encierra, entonces el Cid somos todos.

Ayudados por el carisma y el buen hacer de Fresneda, los creadores de El Ministerio del Tiempo han convertido a Alonso de Entrerríos en el héroe español definitivo, con características de Alatriste… o Superlópez… capaz de encarnar a El Cid o de salvar a gente cuyos valores no comparte –como Buñuel o el mismo Bolívar–. Al enfrentarse a Felipe II aprendió que ni siquiera nuestro brillante pasado imperial fue tan glorioso y al estar dispuesto a sacrificarse para salvar la Historia de la independencia de América mostró que los buenos soldados dejan el pasado atrás.

En estos tiempos de banderas como escudos y alarmismos nacionalistas, un héroe que no tiene ninguna y que obedece a un concepto de España más cultural y solidario que patriotero, capaz de detener desahucios y de dejar atrás sus ideales machistas, que aprende que los compañeros en la trinchera son más importantes que el rey y que merece más la pena morir por un bien mayor que por un honor absurdo, quizás no sea el héroe que España merece, pero probablemente sí el que necesita.

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