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Marta Martínez es la editora y becaria de sí misma de Editorial ContraEscritura. Ha editado en español a Nico Rost, el periodista que narró Dachau desde dentro, y Marcelle Capy, la periodista pacifista censurada por Francia durante la Gran Guerra. Fundó ContraEscritura en 2015 y publicó su primer libro gracias a los 30 primeros socios. Trabaja con Nuria Molines, directora de traducciones, o Gabriel Martínez, que lleva las cuentas, además de ilustradoras como Laia Montserrat o Aitor Mediero. Coincidimos con ella en Granada mientras presentaba Yo le pinté el bigote a Stalin, de Erika Riemann, aunque esta entrevista se completó por correo electrónico.

Marta Martínez.
Dictadora
¿Ser periodista te aporta algo a este trabajo, más allá de ganas de matar?

Pues es curioso, porque salí del periodismo por no acabar matando a alguien y porque era consciente de que jamás podría ejercerlo libremente. Ni tan siquiera entre esos medios tan alternativos y guays que se venden de una manera pero luego son de otra. Y, sin embargo, al abrir la línea de Contexto descubrí que estaba haciendo el mejor periodismo del mundo. Tengo que leer, buscar fuentes y otras fuentes y otras fuentes, investigar, preguntar y repreguntar hasta conseguir la nota a pie de página que necesito… Es periodismo en estado puro.

Nico Rost estaría inédito en España si no fuese por vosotras. ¿Cómo lo descubrís?

Lo estaría, sin duda. Es un tipo muy incómodo. Lo fue en su época y lo seguirá siendo. Era un idealista pero no un dogmático, algo espectacular para los años 30. Llegué a él por casualidad, al ver la portada de su libro en el museo del KZ Dachau.

¿Qué aporta Goethe en Dachau a los testimonios sobre campos de concentración?

Muchísimo, porque el campo de concentración es el lugar pero no el objeto de su escritura. Con su postura a la hora de elegir los temas (filosofía, literatura, nacionalismos, religión) lo que nos ofrece es esperanza. Hasta en la más horripilante de las situaciones hay espacio para la formación. Es el gran canto de la Literatura como salvadora del ser humano. Hay que leer, hay que tener la cabeza muy bien formada para tener la capacidad de ser rotundo en el momento más necesario y gritar: “ME NIEGO”.

Un tuitero os llegó a pedir un reportaje concreto de Rost. ¿Cómo fue la selección de los tres que componen Reportajes antifascistas?

Son los más extensos de su vida. Se publicaron en prensa pero también en formato libro, lo que hoy llamaríamos fanzine. Su extensión fue clave pero también que fueran tan separados en el tiempo y en el espacio. Nos confirmaban que Nico Rost era un inconformista, serio cuando tenía que serlo y chistoso cuando tocaba. Nos lleva desde su primer paso por el campo Oranienburg en 1933 hasta su barrio natal en 1955 pasando por Madrid en 1937.

El giro en el punto de vista es también el que aporta Marcelle Capy sobre la Primera Guerra Mundial en Pasaron unos hombres.

Marcelle Capy.
Marcelle Capy

Que una mujer nos explicara, aunque de manera novelada, la Primera Guerra Mundial era algo espectacular. Y es un libro perfecto para jóvenes que no saben nada de empoderamiento o de la capacidad de las mujeres para cambiar el mundo. A Capy la tradujo en su momento al español Margarita Nelken, porque las feministas de la época se miraban de reojo de un país a otro y usaban todo lo que tuvieran a su disposición luchar por una libertad real de la mujer.

¿Queda pendiente Una voz de mujer en la contienda?

Estamos trabajando en ello. Es un libro muy necesario que en 1916 fue censurado de manera brutal porque poco le interesaba a Francia tener a una mujer por ahí bramando por el pacifismo. Sin embargo, en 1936, solo 20 años después, se publicó de manera íntegra porque en ese momento los franceses temían a Hitler y les venía bien publicar libros pacifistas. Mi idea es que nuestra futura edición distinga las partes censuradas de las que no, porque la historia de la censura forma parte de la historia no sólo del periodismo sino de la propia intrahistoria del libro.

En la colección Contextos os estáis centrando en la primera mitad del siglo XX, sobre todo en los totalitarismos. ¿Por qué?

Porque nunca hemos dejado de estar ahí. Porque no somos más inteligentes que nuestros predecesores y los ciudadanos siempre debemos estar alerta. Un totalitarismo rara vez se instaura como por arte de magia de un día para otro, simplemente se van sucediendo las injusticias hasta que ya es demasiado tarde.

Háblanos de Yo le pinté el bigote a Stalin y de qué pasaría si nos acercamos a una foto de Rajoy con un pintalabios.

Uno lee que pintar un bucle en el bigote de Stalin le supuso a Riemann ocho años de prisión y parece una exageración. Los chicos de Alsasua llevan más de un año en un proceso más que opaco y aquí parece que no pasa nada y que todo es normal. Supongo que ahora mismo depende de si eres catalán, extremeño o de Alsasua y ese es el primero de los problemas. Están, siendo muy generosa, alienándonos a unos de otros, fomentando el odio entre comunidades. Hay que sobrepasar esa barrera. Solo hay que leer la Ley de Partidos, el Pacto Antiterrorista o la Ley Mordaza para darse cuenta que son simplemente mecanismos de opresión. No para un terrorista, un partido o una persona, sino para todos y cada uno de nosotros. Por un lado, tenemos a un gobierno y un sistema de partidos que perpetúan esas aberraciones y, por otro, a personas que no quieren ver lo que realmente sucede. Todos somos Charlie Hebdo hasta que El Jueves publica en una portada al Jefe del Estado teniendo sexo con su esposa.

Está de moda hablar de cómo el reporterismo o el periodismo de análisis se han refugiado en los libros…

No creo que se trate tanto de el libro de reporterismo, que vuelve a estar en alza porque es el espacio que a muchos periodistas les queda para expresarse libre y extensamente, como de una parte de la población que no consume los medios tradicionales porque no se fía de ellos. Eso hace que la gente compre más libros y vaya forjándose una manera particular de pensar que complementa con clubs de lectura, charlas, encuentros culturales…

¿Qué es Querido?

Es la tercera línea editorial de ContraEscritura, la más nueva, que dirige Ana Cordobés. Se trata de hacer periodismo con calma, uniendo datos a nombres y apellidos y ofreciendo análisis. Son cuadernos que, si todo va bien, se publicarán uno al año, cuarenta páginas, y que queremos complementar con un microsite dentro de nuestra web para todo lo que no entra en esas páginas. También tenemos planteado Queridos más pequeños, de unas doce páginas, con cuestiones, personas, historias… que aparecen en las investigaciones a la hora de editar los libros.

Portada de 'Yo le pinté el bigote a Stalin'.
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