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1. El rey no trajo la democracia. Ni fue una especie de activista antisistema encubierto con un plan para destruir el Franquismo desde dentro. Según la leyenda, a la muerte de Franco aparece Juan Carlos como una suerte de Mesías de la democracia. Pareciera que se imprimió las papeletas en su casa y las repartió por toda la geografía española a lomos de su fiel moto. Al parecer, en la España de los setenta eran todos idiotas. ¿Qué hubiera sido de esa nación de inútiles redomados de no ser por el esfuerzo y la magnanimidad de S.M.? Sin su habilidad política, determinación y, sobre todo, oratoria, los españoles jamás hubieran recuperado la democracia. Pero sucede que todo el proceso de la Transición tiene como trasfondo una extraordinaria agitación social. La crisis económica y los escándalos de corrupción la elevaron a niveles desconocidos en Europa desde los años 40. A pesar de la durísima represión de Arias Navarro -el de la masacre de Málaga-, la situación era virtualmente incontrolable. En octubre de 1976 estaba en duda la supervivencia del orden institucional -o sea, la Monarquía-, con todos los sectores en parcial o abierta oposición. Desde la derecha católica hasta los estudiantes libertarios, pasando por todo el movimiento obreroSólo esos nueve meses del año habían contabilizado ya 17.731 huelgas, con 150.000.000 de horas perdidas. Al mes siguiente Suárez presentaba el Proyecto de Ley para la Reforma Política para salvar los muebles.

«JURO POR DIOS Y SOBRE LOS SANTOS EVANGELIOS INCUMPLIR Y HACER INCUMPLIR LAS LEYES FUNDAMENTALES DEL REINO Y NO GUARDAR LEALTAD A LOS PRINCIPIOS QUE INFORMAN EL MOVIMIENTO NACIONAL.» Ese mismo día, 22 de noviembre de 1975, devuelve los 69 millones de pesetas que había robado su abuelo, abdica y convoca elecciones. Tras una esforzada campaña electoral en la que recorre en coche toda España, gana por aplastante mayoría unas elecciones libres, plurales y justas el 8 de diciembre de 1978. Lo celebra invitando de su bolsillo a todos los españoles a un safari.
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2. La Transición no fue un proceso modélico de implementación de la democracia. Principalmente porque se hizo improvisadamente en medio de una aparatosa huida hacia adelante. El mito de la «Inmaculada Transición» fue fabricado postfacto en los pasillos de la Complutense, por Ramón Cortarelo y José Álvarez Junco. La realidad fue más compleja. Y la democracia no estuvo encima de la mesa hasta que el Régimen temió perder el control de la situación. A partir de ese momento, tres hombres pusieron en marcha un plan para forzar una mutación controlada del sistema. Torcuato Fernández Miranda, el cerebro de la operación. Adolfo Suárez, el agiotista. Y Juan Carlos I, la cara bonita. Había que ejecutar el plan lo más rápidamente posible, para no dar margen a los inmovilistas. Y para pillar a contrapié a la oposición. En el referéndum de la Ley para la Reforma Política la oposición, catatónica, pidió la abstención como protesta porque la estaban dejado de lado. Así se hizo el harakiri, porque fue imposible medir su fuerza en los resultados. Para colmo, como era de esperar en la primera votación libre desde 1936, la participación fue bastante alta. Además, el Régimen controlaba los tiempos y anunció las elecciones antes si quiera de que hubiera partidos políticos. Tuvieron que improvisarse. El Gobierno organizó el partido Frankenstein UCD, quelideraba el mismísimo jefe del ejecutivo franquista en activo, apoyado por todo el aparato del Estado, el canal único de TV y la prensa del Movimiento -y subvencionado por Irán, por cierto. Él mismo había aprobado, sin negociar con nadie, una Ley Electoral nada inocente. La oposición llegó a la recta final en desbandada y en obvia desventaja, en un aluvión de «sopa de siglas» que manaba de una sociedad invertebrada políticamente. Por supuesto, no se permitió la candidatura de ninguna fuerza abiertamente republicana. Ni el voto a los menores de 21. Y todo ello bajo la atenta mirada de los militares. Afirmar que las elecciones constituyentes de 1977 fueron democráticas sería mucho afirmar.

SÍ QUE ERA EL CENTRO, SÍ… ¡DE LA DIANA! A este magnífico ejemplar de homo hispanicus le dieron por todos los lados cuando estaba en el Gobierno. Pero, oye, mira, fue morirse y salirle al paso cienes y cienes de lenguapardas alabándole. No hay como morirse para que se hable bien de uno.
Adolfo Suárez

CARTEL ELECTORAL DE UN PARTIDO POPULISTA DE EXTREMA IZQUIERDA FINANCIADO POR VENEZUELA. Vale, lo de izquierda no es verdad. La cosa es que el lema me suena…
Felipe González

3. Durante la Transición no se produjo ninguna reconciliación. Porque no fue un proyecto común ni una negociación entre partes iguales. El Régimen tenía la sartén por el mango, respaldado por el Ejército y protegido por la Policía Armada. La oposición estaba ilegalizada, tenía presos políticos y corría delante de los grises. Es cierto que entraron al escenario político numerosos partidos y periódicos, pero no es lo mismo proliferación que pluralidad. De hecho, el arco político no se expandió durante la Transición, sino que se contrajo. Los nacionalistas periféricos y los comunistas aceptaron la monarquía en 1977. En 1979 el PSOE renunció al marxismo y, de facto, a la república. Y al año siguiente ERC entregó la Generalitat a Jodi Pujol. No hubo ninguna reconciliación, lo que hubo fue un descalabro en toda regla de una oposición abiertamente desunida y claramente desorganizada. Así, el Régimen tuvo tanto margen para maniobrar que mantuvo la iniciativa política en todo momento. Lo que le permitió un traspaso inmediato de la legalidad franquista a la democrática, con la promoción automática de la jefatura, las instituciones y la Administración del Estado franquista a «demócratas de toda la vida». Funcionarios, militares y magnates salvaron todos el culo con el volantazo. No se produjo un relevo de elites. Ni depuraciones. Lo que se produjo fue un cambio de camisa y una aceptación tácita por parte de una oposición domesticada. Y la subsiguiente silenciación de escépticos y desafectos, ninguneados despectivamente como la «anti-España».

REUNIÓN DE PASTORES, OVEJA MUERTA.
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4. La Transición no fue pacífica. De hecho, fue la más violenta de Europa después de la rumana. Mientras que Portugal y Grecia solventaron sus transiciones con menos de 30 víctimas mortales, la «pacífica» transición española se saldó con 3.200 incidentes violentos, 700 muertos y un intento de golpe de Estado. Es complicado hacerse una idea de la agresividad del periodo. En buena medida porque el amarillismo y los pucheros de la «prensa» actual han calibrado llevar coleta o construir carriles bici como «extrema izquierda» . La izquierda radical de verdad no pretendía desestabilizar el sistema acampando en Sol, sino matando y secuestrando. ETA, los GRAPO y compañía no se andaban con tonterías. Tampoco los «grupos incontrolados», como los Guerrilleros de Cristo Rey, Fuerza Nueva o el Batallón Vasco Español, que colaboraban con la Policía Armada. Por su parte, las «fuerzas del orden» se entregaron con ganas a la represión. Las detenciones masivas, las torturas y las cargas contra manifestaciones se convirtieron en procedimiento habitual. Paradójicamente, la violencia ayudó en gran medida a estabilizar el proceso, porque asustó al gran público y lo alejó de los movimientos más reivindicativos. La masacre de Montejura erradicó el carlismo y con él la oposición monárquica. La matanza de los abogados de Atocha permitió la legalización EXPRESS del PCE y, por tanto, la legitimación de las elecciones constituyentes. Y el fracaso del 23-F terminó con la tradición golpista española. Tal vez por ello la Adminstración fue especialmente indulgente con la extrema derecha. Ni los causantes de la Guerra Civil, ni los responsables de Montejura, ni los asesinos de Atocha, ni los golpistas del 23F cumplieron sus condenas. Además, la investigación judicial impidió saber quién estaba detrás de estos atentados. Al final, la violencia permitió al Gobierno sacar a la oposición de las calles y domesticarla.

EL AUGE REPENTINO DE LA VIOLENCIA DURANTE LOS AÑOS EN LOS QUE DA LA CASUALIDAD DE QUE ESTABA OCURRIENDO LA TRANSICIÓN EN REALIDAD NO TIENE NADA QUE VER CON ELLA.
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«¡Salta, salta, que viene el Rey en su moto a defender la democracia!» «Jopé, macho. Tenía que haberle hecho caso a mi madre y haber estudiao».
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5. La Constitución no nos la dimos entre todos los españoles.

 Por un lado está la obviedad de que sólo los menores de 58 años pudieron votarla en el famoso referéndum. Siendo muy optimistas, podríamos decir que la Constitución nos la dieron una quinta parte de los españoles. Los demás han muerto, se abstuvieron o no habíamos nacido. Habitualmente se pretende legitimar la vigencia del texto en que «los españoles» lo votaron, pero no es un argumento muy sólido, como se ha visto, porque en su mayoría eran «otros españoles» los que lo votaron. Y tampoco es que en su momento votara una inmensa mayoría de los españoles, sólo el 59% del censo -el 42% de la población. Además, hay quien confunde la aceptación de la Constitución con el apoyo a la Monarquía, pero son cosas muy diferentes. En el referéndum lo que se votaba no era la forma de Estado, sino 169 puntos en bloque. Cuando te compras un mix de frutos secos te va a salir, yo qué sé, un anacardo, y te lo comes porque viene con las almendras, los cacahuetes y las pipas, pero maldita la gracia que te hace el dichoso anacardo. Pues lo mismo con los artículos de la Constitución. Para colmo, la propaganda del Gobierno chantajeó a la gente amenazándoles con que votar «no» era volver a la Guerra Civil. En cuanto al texto en sí, lo escribieron entre 7 bajo supervisión directa del Ejército. Eran dos de Madrid, dos catalanes, un gallego, un andaluz y un aragonés. Parece un chiste, pero echa cuentas y saca conclusiones. Cuando tocó votarla en Cortes no la aprobaron ni los grupos vascos, ni Esquerra Republicana, ni -sopresa, sorpresa- los demócratas de Alianza Popular. Por algo sería. Al final salió que sí. Y el referéndum la confirmó. Pero cuando la bienamada Constitución estuvo amenazada nadie movió un dedo. El 18 de julio del 1936 los golpistas se encontraron una feroz resistencia, el 23 de febrero de 1981, calma chicha. 


 Este artículo se publicó originalmente en el blog Píldoras de Historia el día 17 de diciembre de 2017.

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