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1. La República no era de izquierdas. Ni de lejos. El régimen político del Estado español establecido en 1931 era una república burguesa estándar normal y corriente. La famosa democracia occidental tal y como la conocemos, vaya. Con su orden constitucional y su legalidad vigente. No hubo depuraciones de funcionarios. No se prohibieron los partidos de derechas. Y no se amenazó la propiedad privada. De hecho, la relación entre los partidos de izquierdas y el Estado fue más bien tensa. La CNT, la UGT, ERC y el PSOE intentaron tumbar la República. Y descubrieron que ésta no era más dócil de lo que había sido la Monarquía. Buena parte de los líderes del movimiento obrero pasaron en algún momento por la cárcel o el calabozo. Y murieron no pocos revolucionarios durante las violentas y cuantiosas represiones por parte del Ejército y la Guardia Civil.

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2. Nunca la gobernaron los comunistas. La confusión con el comunismo sale directamente de la propaganda golpista. Según esa versión -que el Cardenal Gomá legitimó como una auténtica Cruzada contra el comunismo internacional- el golpe de Estado y la sucesiva Guerra Civil se hicieron para librar el país de la Amenaza Roja. Pero en julio de 1936 esa «amenaza» era más bien fantasma. El PCE había obtenido los mejores resultados de su historia en las elecciones de febrero: 17 escaños... de 473. Nunca ocupó ni la jefatura de Estado ni la de Gobierno. No hubo ningún ministro comunista hasta septiembre, dos meses después del supuesto alzamiento contra los comunistas (¿?). Y si entraron fue, precisamente, porque la crisis política que provocó el golpe militar forzó un gobierno de concentración. En noviembre entraron también los anarquistas. ¡Lo que resalta la situación absolutamente irregular de aquel momento! La coalición de los rebeldes con el fascismo internacional empujó a los anarquistas y a los comunistas ¡a trabajar juntos para salvar una república burguesa!

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3. La República no sancionó la quema de iglesias. Es cierto que entre sus artífices existía una voluntad laicista. Separación Iglesia-Estado, secularización de la educación y retirada de crucifijos de los colegios, prohibición y expropiación de las congregaciones religiosas... Medidas habituales en toda Europa. Eran progresistas, pero no radicales. La mayoría eran propuestas liberales. Y muchas tenían precedentes en España. Por otro lado, el anticlericalismo violento venía de los tiempos de las revoluciones liberales decimonónicas y se había contagiado al movimiento obrero. Principalmente al anarquismo. A principios de siglo practicaban los magnicidios, pero para los años 30 cambiaron su modus operandi a la quema de edificios religiosos. Pero el Gobierno de la República no se quedaba de brazos cruzados ni aplaudía los atentados. En 1931 declaró el estado de guerra y sacó las tropas a la calle. En 1934 el Ejército, con Franco y la legión al frente, restauró el orden a costa de unos 2.000 muertos y casi 30.000 detenidos. Si no repitió la jugada en 1936 fue porque la mitad del Ejército y la Guardia Civil se había rebelado y la otra mitad, en un ejercicio de estupidez sin parangón, había sido disuelta. Sin Fuerzas Armadas, el Gobierno no tenía forma de frenar la «revolución social».

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4. La República no fue un paraíso de libertades ni un modelo democrático. Es cierto que era un Estado de Derecho constitucional con garantías y que reconocía las libertades individuales. Pero también es cierto que se andaba con pocas tonterías a la hora de repartir estopa, como hemos visto antes. La cárcel Modelo de Madrid estaba atestada de disidentes. Y no era la única. Sí, había presos políticos. Y los había de todos los colores. No es sorprendente, ya que el Gobierno se reservó el derecho de declarar el estado de excepción y anular las garantías constitucionales sin necesidad de consultar al Congreso ni a los tribunales. Suena muy grave, pero era tan normal entonces como lo es ahora. La censura sobrevivió al cambio de régimen en muy buena salud. Especialmente en el cine. Era muy fácil, porque el público era analfabeto y había que doblar las películas y los documentales. Así se podía proteger al pueblo de estímulos perniciosos. Desnudos, escenas de cama, o sexo -también entre animales-, violencia, escenas donde los criminales salieran impunes, cualquier cosa que hiciera referencia al comunismo o a la revolución bolchevique y si algo dejaba en mal lugar a los países aliados de la República o a la propia España. Todo fuera. Para colmo, las Cortes aprobaron por unanimidad en 1933 la que ha sido, muy probablemente, la ley más famosa de la Historia de España: la Ley de Vagos y Maleantes. Como todo el mundo sabe, su redacción abierta justificaba enviar a galeras prácticamente a cualquiera. Como era de esperar, cayó con todo su peso sobre las personas sin recursos y los marginados. Y, más tarde, (ya con el Generalísimo de mandamás) también contra los homosexuales. Los presos eran recluidos en campos de concentración y condenados a realizar trabajos forzados.

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5. La República no se encaminaba inevitablemente hacia su destrucción. Ni a la Revolución. Ni al caos. Ni a la Guerra Civil. La movilización social, la violencia en las calles y la inestabilidad política no eran, de hecho, problemas propios del régimen republicano. ¡Y no eran en absoluto desconocidas para la Monarquía borbónica! Durante los turbulentos años 30 los Estados europeos se las vieron y desearon para salvar los muebles mientras eran amenazados por el militarismo, debilitados por el separatismo, saboteados por el tradicionalismo, acechados por el anarquismo, atacados por el comunismo, amedrentados por el fascismo... Difícilmente se puede justificar que las circunstancias de España fueran peores que las de Francia, Alemania, Italia, Portugal, Austria, Polonia, Hungría... Algunos militares, apoyados por Mussolini y Hitler, intentaron derribar al Gobierno de Madrid. Pero se encontraron con una resistencia mucho mayor de lo que se esperaban. Cuando su golpe de Estado fracasó no aceptaron su derrota, no tiraron las armas y no se pusieron a disposición del orden constitucional y la legalidad vigente. Si todos los militares se hubieran mantenido fieles a su juramento no hubiera habido guerra civil. Lo que, por cierto, no hubiera prevenido que la ultraderecha llegara al poder -previsiblemente en 1938- y, probablemente, organizara otro régimen pseudofascista en torno a Gil Robles. Que era el camino que llevaba la cosa ya en 1935.

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