O al menos lo fue para Guinea Ecuatorial en tiempos de Franco. Corrían por entonces los locos años 60. Los colorines, las lámparas de lava, los Beatles, los bikinis, las minifaldas y la revolución sexual. Bueno, eso en el mundo desarrollado, claro. En la España de los XXV años de Paz la cosa era algo diferente. De hecho, el eslógan oficial era Spain is different! ¡Y vaya si era díferentLos grises, los Juegos Reunidos, el Dúo Dinámico, el éxodo rural, el 600 y los tecnócratas del Opus. Por aquel entonces el Imperio español se extendía no sólo sobre tres cuartas partes de la península Ibérica, sino también sobre parte de África. Una pequeña parte de África. El término «Imperio» era más bien una exageración en línea con lo del una, grande y libre. La década anterior Marruecos había recuperado su independencia y la Guardia Mora se había vuelto a casa. Pero el Centinela de Occidente todavía retenía al otro lado del Estrecho un pedazo de desierto con fosfatos, un trocito de selva con cacao, un puñado de islas con volcanes y Ceuta con Melilla.

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Había por aquel entonces súbditos del imperio que no se sentían del todo cómodos dentro de él. No aludo aquí a los distintos nacionalismos peninsulares que, aunque desde distintos puntos de vista, no dejan de compartir un mismo relato común. Me refiero a quienes no sólo Viriato, Pelayo, el Cid, Colón, Pepe Botella y Alfonso XIII les sonaban a chino, sino que no podían darse por aludidos en todo el rollo de la resistencia a Roma, la Reconquista, el Descubrimiento, la Guerra de Independencia o la Restauración. ¡Ni a favor ni en contra! Porque habían ocurrido a miles de kilómetros en otro continente. En estos casos las diferencias eran irreconciliables. Me refiero a los moros y los negros que por un capricho del destino habían acabado engullidos por la Cruzada nacional en la «Luz de Trento, martillo de herejes, espada de Roma, cuna de San Ignacio». El negrito del ColaCao difícilmente podía sentirse muy español ni mucho español. ¡Si debe de ser complicado identificarse remotamente con el relato nacional siendo un blanco canario! 

El Águila

Durante los años 60 la República Francesa y el Reino Unido sintieron que habían cumplido satisfactoriamente su «misión de civilizar», así que hicieron las maletas y se marcharon del África negra. El Estado Novo portugués prefirió partirse la cara primero para acabar haciendo lo mismo después. Pero el «florido pensil» hubo de contentarse una vez más con la baladronada retórica habitual. Según decían las monedas el Caudillo tendría la Gracia de Dios… pero no de la ONU, que presionaba para que el Imperio español siguiera el camino de sus vecinos del norte. Era un paria internacional y la supervivencia de los yugos y las flechas dependía de que se sometieran muy fuerte a las instrucciones de Washington. Así que se organizó un referéndum de autonomía y salió que sí. Luego se hizo otro referéndum de independencia y salió también que sí. Como en otros ejemplos más recientes, los responsables convirtieron el proceso de independencia en una auténtica españolada. El traspaso de poderes se hizo improvisada y chapuceramente. El Gobierno de Madrid se las apañó para que, sin haber un movimiento antiespañolista en Guinea, saliera elegido como presidente el único  antiespañolista de la lista y, evidentemente, el candidato que menos les convenía: Francisco Macías. Que se consideraba un «marxista hitleriano». Irónicamente Macías dirigiría hoy algún programa en TVE. ¡Hubiera sido una supernova mediática!

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A medio día del día de la Hispanidad de 1968, sábado, Don Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo, informó al Presidente Macías de que ya podía cortar su DNI y volver al Estado español como turista. Se olvidó del soniquete de la indivisibilidad de la patria y abandonó dos provincias y a su cuarto millón de habitantes a su suerte. Nadie se opuso. A nadie le importó. Y no fue la última vez, por cierto. Carrero Blanco, que estaba llegando a lo más alto, se negó a cumplir sus compromisos con la ex-colonia. Y animó a la Guardia Civil a que diera un golpe de Estado. No salió bien. Y les tocó a los colonos pagar el pato.  Parece que la «misión de civilizar» española había sido especialmente eficaz en Guinea. No en vano su nuevo presidente había pasado por la Academia General Militar de Zaragoza, como el mismísimo Generalísimo y su fantoccio borbónico. Macías azuzó a sus Juventudes contra los blancos y los opositores, les requisó las armas y tomó sus propiedades. Hubo muertos. La cosa podía haber acabado todavía peor para los blancos si no hubieran sido evacuados en masa hacia la Península. Pero los demás se quedaron allí abandonados. Bajo el régimen de un tarado sanguinario que además se había vuelto paranoico. Con un país en bancarrota. Abandonados en la cuneta, como era costumbre. Se quedaron fuera de la Unión Europea. Juan Carlos nunca llegó para traerles la democracia. Y lo peor de todo es que se quedaron sin poder jugar en la Liga ni participar en Eurovisión.

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