Hasta hace muy poco Turquía había sido una «democracia tutelada» por el Ejército. El mismo Ejército protagonista del que pasará a los anales por ser el intento de golpe de Estado hecho con menos ganas de la Historia. Hace un par de años, un puñado de soldados sacaron los tanques a la calle. Fueron de un lado para otro como un pollo descabezado. ¡Sin atacar ningún objetivo estratégico! Mientras el grueso de las Fuerzas Armadas del segundo ejército más grande de la OTAN observaba desde los cuarteles sin mover un sólo dedo. Los imanes desde los minaretes y el Presidente via SMS exhortaron a la población a la acción directa. Como en Filipinas. Para preservar el orden democrático, por lo visto, lo razonable era lanzarse en masa a las calles, sacar a los soldados a golpes, castigarlos a correazos, apalearlos y posar a pecho descubierto con los cadáveres para el Instagram. Lo que perdieron esa noche los laicistas no fue el golpe, fue el espacio público. Las masas con banderas regresaron a la plaza Taksim, pero esta vez no pedían derechos y libertades, sino venganza y pena de muerte. -Como ha pasado en otros sitios, por cierto, ejem-.

yihadista fofisano

Desde entonces, el Gobierno ha cesado y detenido a decenas de miles de personas. La mayoría sin motivo. Pero, sorprendentemente, sigue sin saberse quién orquestó el teatrillo aquel. Sin embargo, para el Presidente Erdoğan estaba muy claro. Los musulmanes ortodoxos se habían confabulado con los militares laicistas para dar el golpe. Lógicamente. Supongo. No preocuparse. Él sabe lo que se hace. Tiene experiencia. Lleva ya 15 años en el poder -poco más que Merkel-. Y ha desbaratado los planes del contubernio de «izquierdistas, ateos y terroristas». Sólo él puede salvar a la patria de sus enemigos internos y externos. Voz del Pueblo. Guardián de la Fe. Centinela de Oriente. Hace tres años había que evitar a toda costa unas terceras elecciones. Los votantes optaron por la estabilidad y la «formación de un gobierno cuanto antes». Acertaron. Y ahora disfrutan «cierta paz y orden».

Se ha hablado mucho del milagro económico turco, pero poco del milagro político turco, y eso que Erdoğan, el sufí, ha conseguido la cuadratura del círculo: una república monárquica, una democracia autoritaria, una libertad represiva, una secularización islamista y una moderación extremista. Turkey is different! El Sultán ha visto cómo sus vecinos sucumben al islamismo, cómo toman fuerza los populismos xenófobos en Europa, cómo bulle el personalismo en EEUU, cómo Putin desafía impunemente a quien le da la gana, cómo en la UE se han anulado garantías constitucionales y cómo los gobiernos conservadores le ríen las gracias a la ultraderecha. ¡Pues él está haciendo lo mismo! ¿Acaso no es eso poner el país «a la altura de los tiempos» como decía Atatürk?

De momento su estrategia le ha salido bien. La gente vota a Erdoğan por el mismo motivo que deja de vacunar a sus hijos; no porque sean masocas, sino porque creen que existe una conspiración para aprovecharse de ellos. La ironía es exquisita, pues es evidente que no hace falta conspiración alguna para confundirles. Su sagaz instinto les empuja a tomar decisiones que acaban perjudicándoles a ellos, a sus hijos y a la sociedad en general. Tampoco es de extrañar. Ahora ya no es necesario leer más de un periódico para contrastar la información. Las instituciones quedaron limpias de sediciosos. Y las Universidades públicas se han dotado de mezquitas para que los estudiantes no tengan que perder el tiempo en la Biblioteca. ¿Para qué leer más si hay allí un libro que contiene todas las respuestas? El modelo de Turquía ya no es precisamente Francia, ni la UE, nido de paganos libertinos. Los islamistas de corbata se diferencian cada vez menos de los de turbante. Y ser un extremista ya no está mal visto. Poco a poco, Erdoğan se ha convertido no sólo el nuevo Padre de los Turcos, sino en el mismísimo Mahdi para la umma. Es un populista ejemplar. Un chico de provincias. De origen humilde. Se hizo a sí mismo. Creyente y practicante. No teme decir lo que piensa. Al fin y al cabo no es un burócrata. Ni un político. Él es sólo uno más. ¡Él es el pueblo! Dirige el timón del país con seguridad, pero sin garantías. Da igual si él y los suyos roban un poquito si a cambio la economía va bien. Tampoco hay alternativa mientras mientras en la oposición sean los tres partidos como los tres cerditos. Acobardados, asustados y escondidos con la esperanza de que el lobo se quede sin aire antes de volar su casita. Los periódicos son sólo propaganda. El Ejército, una caterva de minions. Y recientemente consiguió aprobar -gracias a dos millones de votos surgidos de la nada- una reforma constitucional para aumentar su poder al menos para los próximos 5 años. Todo parece atado y bien atado.

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Pero el Sultán aún tiene dos problemas. La economía, que durante una década fue el pilar propagandístico de Erdoğan, hace aguas por todas partes. Y lo que es peor todavía: ya no quedan enemigos importantes. Ni externos, ni internos. Su estrategia de hacerse la víctima se está quedando sin cuerda. Para poderse atrincherar en el cargo dependía de que ninguno de los partidos de la oposición se pusiera las pilas y de que la economía siguiera mejorando. Dos factores que no podía controlar directamente… y que no le han sido todo lo favorables que le habían sido hasta ahora. Por mucha gente que metiera entre rejas. Ni por mucho que rezara. Por eso adelantó las elecciones un año y medio. En una un huída hacia adelante. Ni siquiera parece que su alianza con la ultraderecha, ni su invasión de Siria le estén amortiguando lo suficiente su caída en las encuestas. Lejos han quedado los años de cómodas mayorías. Le hizo falta recurrir a irregularidades para ganar el último referéndum. Y la semana que viene las décimas cuentan. Parece que el partido perderá su mayoría parlamentaria y la presidencia se jugará en la segunda ronda.

El aún nonato neosultanato de Erdoğan se bambolea en la cuerda floja, atrapado en la caja con el gato de Schrödinger. En su momento se le consideró un moderado. Nah. Sólo era cauto. En esta legislatura ha alienado a sus aliados, atacado a sus vecinos, perseguido a los disidentes, encarcelado a los críticos, dividido al país, concentrado el poder y abandonado definitivamente la vía secular de modernización. Y su figura se resiente. Está perdiendo capacidad de convicción, ya no es un outsider prometedor; un muchachito nuevo contra la casta del establishment. Ahora es él es el sistema. Tiene un chalet con piscina y, para poder seguir disfrutándola, aún tiene que neutralizar a la oposición. Ya ha perdido la baza de la estabilidad económica, así que sólo le queda el miedo como programa electoral. O se está con él o se está contra Turquía. Así de claro. Lo que no está tan claro es si Erdoğan llegará a estrenar el cargo que se ha preparado a medida, o si, por el contrario, le dirán «ya basta».

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